Eligio García Márquez

Demonios de Yiyo García Márquez

(…) O quizás esos demonios de Yiyo vienen desde mucho antes, cuando supo que su padre, Gabriel Eligio, y su madre Luisa Santiaga, lo habían bautizado Eligio Gabriel para que siempre hubiera un Gabriel en la casa, ya que el hijo mayor, Gabriel José, se había ido porque había decidido no ser profesional y había abandonado la carrera de derecho para dedicarse por completo al periodismo y al oficio de escribir.
Entonces, cuando ya Eligio, también, había abandonado la carrera de física teórica porque había optado por el oficio de escribir, los temas comenzaron a escogerlo: Por ejemplo, lo escogió el tema de aquel reportaje suyo publicado a mediados de los años 60, donde con gran perspicacia sicológica y periodística retrató a ese escritor colombiano, entonces relativamente conocido, que había publicado hasta ese momento La Hojarasca, La Mala Hora, Los Funerales de la Mamá Grande y El Coronel no tiene quién le escriba… Pero Eligio tiene otros demonios: el de la ciencia, el del boxeo, el de los otros escritores, el de Cartagena, el de los reinados de belleza, el de los artistas, el de los amigos… Por eso lo escogieron también otros temas: por ejemplo ese de su gran reportaje sobre la llegada del hombre a la luna…
O lo escogió ese otro tema, el de la semblanza que hizo para Cromos del boxeador cartagenero Rodrigo Valdés, cuando compitió contra Monzón por el título mundial durante una pelea que tuvo lugar en Mónaco, y a la cual me convenció de ir dizque para que escribiera yo un reportaje. Esa fue para mi una experiencia inolvidable, porque no sólo me hizo descubrir qué tan animal puede volverse uno en una situación de esas ( Mátelo! , le gritaba yo a Valdés cuando golpeaba a Monzón), sino que me hizo mirar de cerca al hombre de mis sueños, Alain Delon… O lo volvió a escoger el tema de su demonio principal cuando en febrero de 1971 publicó sin firma, en la revista Flash, una magistral crónica titulada García Márquez se hunde en la Soledad de la Gloria , que fue reproducida en Chile y en Venezuela. En ella, el periodista Eligio García demostraba cómo la situación de soledad que la fama le estaba generando a su demonio mayor, comenzaba a acercarlo cada día más a la imagen de su Coronel Aureliano Buendía… O lo escogió el tema de su libro Son Así, compuesto por una serie de grandes reportajes literarios hechos a escritores latinoamericanos: Borges, Onetti, Fuentes, Cortázar, García Márquez, Sábato, Vargas Llosa, Cabrera Infante y Carpentier… O lo escogió su eterno tema del Corralito de Piedra, plasmado en tantos escritos suyos: en su primera novela, Para Matar el Tiempo; en el bello texto que escribió para el libro de fotografías de Cartagena tomadas por Hernán Díaz; en sus reportajes sobre la otra cara de los reinados de belleza… en su novela inédita, sobre el mismo tema, titulada Virreyes y Reinas; en los perfiles que ecribió sobre ese otro personaje que reunía a sus demonios, -Cartagena, los artistas, la mujer y los amigos-, ese querido Darío Morales inolvidable quien, como alguna vez diría el hermano mayor, no hizo cosa distinta que pintar la vida.
O lo escogió el tema de Hemingway, otro demonio más, cuya semblanza dejó en un documental para la televisión que realizó en Cuba. O lo escogió el tema del periodismo literario o nuevo periodismo, ese otro demonio suyo que plasmó para siempre en su libro Tom Wolf o la Novela Periodística, digo, plasmó para siempre, porque, como me dijo Yiyo en enero del 2000 cuando, días antes de recibir su diagnóstico, me visitó en mi casa, los libros son lo único que queda… O lo volvió a escoger el tema de las claves literarias que han inspirado a su hermano mayor, tratadas en La Tercera Muerte de Santiago Nasar, que no es más que la crónica que hay detrás de la Crónica de una Muerte Anunciada y de la filmación que de esa obra hizo Francesco Rossi.
Y ese tema de las claves literarias de la obra de ese monstruo a cuyo lado le tocó vivir, lo volvió a escoger ahora, con esta Historia de Cien Años de Soledad, que comenzó tal vez a principios de 1996, y que a mi me caía tan mal porque por su obsesión de correr tras las claves de Melquíades, yo me quedaba sin él en Cambio16, sola sin ese consejero editorial a quien yo necesitaba para que me ayudara a pensar, a entender el país, a pillarme los temas, a resolver los problemas cotidianos, en una palabra, para que me tendiera la mano en el difícil oficio de vivir…
Tras las Claves de Melquíades, libro en trece capítulos, sobre ese otro libro que, desde el momento de su publicación, en 1967, en la editorial Suramericana de Buenos Aires, se vendió como salchichas, lo empezó a escribir el periodista Eligio García en Bogotá, en 1996, en su computador Macintosh, en el que tecleaba todos los días desde las cuatro hasta las siete de la mañana. El último capítulo lo escribió a la misma hora. Pero lo hizo a mano, en Los Ángeles, durante la primavera del 2000, cuando tuve el privilegio de acompañarlo una semana y me contó que estaba planeando escribir un artículo para la revista Cambio: era un reportaje inspirado en otro de sus demonios, el de la ciencia. Esta vez, Yiyo quería describir, minuciosamente, la magia que ella estaba operando en su cerebro… Antes de ayer, en una de esas visitas de compadres que con intervalos de máximo una semana tengo el privilegio de hacerle, le dije: -Compadre, por qué escribió este libro? Usted a hablado de los motivos conscientes que lo llevaron a hacerlo. Pero hay otros: usted tenía un taco y tenía que salir de él, no es cierto? Me indicó que sí. Seguí con mi interrogatorio, implacable. Entonces súbitamente, así, de pronto, Yiyo exclamó: -Ay, Comadre! -Jodo mucho, compadre?- le pregunté. Siii- dijo. Entonces le contesté: -Es que a mi, lo que más me impresiona, no es tanto la dimensión monumental de su libro, sino el motor que lo llevó a escribirlo… Entonces Yiyo empezó a sollozar… Es que ese motor no es sólo la veneración que le produce el genio literario que tiene a su lado. Es uno muchísimo más potente: es ese al que sólo mueve un inmenso amor, uno tan grande como el que Yiyo, con toda la generosidad de que es capaz, siente por su hermano mayor.
No puedo terminar sin relatar esta anécdota, ocurrida en México, en octubre de 1982: En vísperas de que se ganara el Nobel, el hermano mayor me dijo algo que ha repetido muchas veces: yo escribo para que mis amigos me quieran más. Pero agregó una frase que no había dicho nunca y que yo cometí la imprudencia de contar en una nota en la que, a manera de premonición, anunciaba que ese año le otorgarían el Nobel. EL TIEMPO la publicó en la página de los cines, justo el día en que anunciaron su Nobel. En esa nota, contaba yo que el futuro Nobel me había dicho algo así: en cambio yo envidio a Yiyo porque él no hace nada para que lo quieran. Y todo el mundo lo quiere… ¡Compadre, eso es así… Sí, Yiyo, cómo te queremos!