Enrique Santos Castillo

Quiero conocer a Tirofijo

Enrique Santos Castillo ha sido el editor colombiano más influyente. Ha visto desfilar a 15 presidentes y ha ayudado a escribir la historia de Colombia del último medio siglo. Antes de que su memoria se debilite por culpa de los años, el Viejo Enrique se confesó con Cambio.
Enrique Santos Castillo tenía 17 años recién cumplidos cuando entró en la oficina de su tío Eduardo, en el edificio de El Tiempo de la avenida Jiménez con carrera 7y le dijo en tono seco:.
-Quiero ir a pelear a España.
-Te felicito muchacho. Me parece que la causa republicana lo amerita. Quién sabe qué diga tu papá.
-No tío replicó Enrique- quiero rime a pelear al lado de Franco.
Eso le cayó como un tiro , recuerda ahora Enrique Santos Castillo sentado en un sillón de su oficina en El Tiempo, desde la cual ha controlado a lo largo de 55 años a toda la redacción. Yo era franquista desde chiquito y eso me causó tremendos disgustos con mi tío Eduardo Santos, que era partidario a muerte del Gobierno republicano . Desde entonces su sobrino mayor cayó en desgracia. La más grande consecuencia de su empecinada posición política la tuvo cuando su tío Eduardo repartió la herencia. A mí no me dejó nada. Les dejó a dos de mis cuatro hijos: Enrique y Luis Fernando. A Juan Manuel y a Felipe tampoco les dejó. El no me quería mucho porque yo era muy alevoso. Yo me oponía a cosas que él proponía. Entonces me cogió entre ojos. El tío era muy caprichoso. De simpatías y antipatías .
-Dicen las malas lenguas que mientras usted se mantuvo distante de su tío, su hermano Hernando se dedicó a echarle cepillo.
- Ah, pero total! Hernando iba todos los días a casa de él. A mí, en cambio, me jartaba eso a morir.
En 1944, cuando ya había terminado su carrera de abogado en la Universidad del Rosario y había probado sin éxito como litigante en una pequeña oficina que compartía con Eduardo Nieto Calderón y con Roberto Urdaneta Holguín, quiso entrar a trabajar en El Tiempo y Eduardo Santos, ya ex presidente, le dijo que si quería hacerlo tendría que empezar como reportero. Su padre, Enrique Santos Montejo Calibán- se opuso rotundamente y dijo que Enrique estaba listo para ser jefe de redacción. El muchacho había hecho sus pinitos cuando aún era niño. Junto con Ernesto Franco y Douglas Botero Boshell habían hecho la página infantil. Los dos hermanos tuvieron un serio enfrentamiento. Ganó Calibán. Su hijo empezó a ser jefe de redacción y lo ha sido desde entonces sin interrupción. Ha orientado el periódico en su oficina, desde su casa, desde su finca, desde el club. Su olfato periodístico no se limita a los hechos de la política, como muchos creen. El Viejo Enrique ha estado al frente de la información judicial: en una oportunidad se le murió un reportero cuando lo mandó a cubrir el suicidio de un hombre que se había lanzado del salto del Tequendama. El reportero bajó en una soga y también cayó. Ha estado al frente de la información social: decidía una por una las fotos de bautizos, primeras comuniones y matrimonios. Una vez le pidió al editor José Hernández que publicara una reseña de la obra de un pintor y Hernández le reclamó: A usted no le importa si los pintores son buenos o malos. Sólo salen si son sus amigos . Y el Viejo le respondió: Sí mijito, así es. Publíquela . Ha estado al frente de la información de las ferias y fiestas de los pueblos: una de sus aficiones ha sido recibir reinas, la de la papa, la de la cebada, la del café, la del coco y, por supuesto la señorita Colombia. Ay de que a un editor de la sección Nación se le olvidara cubrir el Festival de Bandas de Paipa o el del Bambuco del Huila! Y ha estado al frente de la información militar. En una ocasión unos militares dispararon contra unos campesinos y hubo no menos de diez muertos. Esa era la noticia del día. El Viejo le preguntó a Alejandro Moya, editor de Nación, qué tenía para primer página y Moya respondió: No don Enrique, por ahí hay una historia de unos campesinos que se suicidaron! .
Enrique Santos Calderón, su hijo, dice que su papá siempre ha tenido un olfato periodístico impresionante. Cuando había elecciones, el Viejo pedía, a las cinco de la tarde, apenas una hora después de cerradas las urnas, los resultados de una mesa de votación del barrio Kennedy, otra de Usaquén y otra de Las Cruces, En Bogotá. Con esos tres datos ya decía quién era el nuevo presidente. Me acuerdo agrega Enrique hijo- de la campaña Pastrana-Rojas Pinilla. Pidió los resultados de las tres mesas y dijo: esto está gravísimo . Ese olfato periodístico no se lo desconocen ni sus peores enemigos. Cuando cantó Fernando Botero, medio país, y por supuesto la redacción de El Tiempo, estaba convencido de que se caía Ernesto Samper. El Viejo nunca ha sido samperista. Esa noche apenas dijo: No se cae. Es muy difícil que en Colombia se caiga un presidente . En otra oportunidad llegó una noticia escueta de una escaramuza entre unos soldados de Ecuador y otros de Perú. Enrique decidió abrir el periódico con esa noticia. A la postre resultó ser la última guerra entre los dos países por un territorio fronterizo.
A Gaitán lo mataron los comunistas.
1:05 p.m. del 9 de abril de 1948. Enrique Santos Castillo está almorzando en su casa de la calle 70 con carrera 5En el norte de Bogotá. La radio interrumpe la programación y anuncia el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Yo tomé mi sombrero y le dije a Clemencia (su esposa): aquí se va a armar la de Dios es Cristo. Salí rápidamente para el periódico y alcancé a llegar en carro. Si me demoro un poquito más no llego porque ya la ciudad ardía en llamas , recuerda. Tan pronto llegó se asomó al balcón y vio a dos hombres batirse a machete limpio y caer muertos sobre la carrera 7antigua calle Real de la ciudad. Redactores, armadores, linotipistas, mensajeros, todos estuvieron encerrados allí durante tres días con sus noches. Gaitán, antes de su muerte, era atacado de manera inmisericorde por EL TIEMPO. Yo era Turbayista , dice. Se refiere a Gabriel Turbay. Pero una semana antes del asesinato, los directivos de EL TIEMPO se reunieron con él e hicieron las paces. !Una semana antes! , dice ahora Enrique. Si no sellamos ese acuerdo quién sabe qué le habría pasado al periódico .
Entonces tenía 31 años. No albergaba dudas de su inclinación política. Si ya a los 17 era franquista, a los 31 no gustaba de Gaitán. Qué me caía mal de Gaitán? Todo! Me jartaba a morir. Era muy populista, muy demagogo. Qué jartera esa lucha de clases que pregonaba .
-A su juicio, quién lo mató?.
-Los comunistas. Lo hicieron para provocar.
No mencionen a Laureano.
El Partido Liberal se retiró de la campaña para elegir presidente en 1950 y ganó por W Laureano Gómez. Frente a él hubo en El Tiempo mucha cautela al comienzo. Luego lo atacamos fuertemente. A mí no me gustabame gustaba más Alvaro, su hijo. Laureano me parecía demasiado duro, demasiado sectario , recuerda Enrique Santos.
Fue la época en que los principales periódicos liberales se pusieron de acuerdo en algo insólito: no mencionar por su nombre al Presidente. El acuerdo lo sellaron EL TIEMPO, El Espectador y La Razón de Bogotá, El Relator de Cali; El Correo de Medellín y El Heraldo, de Barranquilla. El Presidente inauguró una obra , El Presidente visitó tal ciudadpero nunca el nombre de Laureano. Los campos colombianos estaban arrasados por la violencia. Las mujeres embarazadas eran asesinadas para que no parieran liberales. Los más aguerridos dirigentes no vieron otra salida que derrocar a Laureano. Planearon -esa sí- una conspiración para tumbarlo pero a lo último los jefes del partido los dejaron con los crespos hechos. Como la orden no llegó al Meta, Hernando Durán Dussán alcanzó a intentar tomarse la base militar de Apiay, en los llanos. Después tuvo que partir al exilio, al igual que otro de los gestores de la revuelta, Plinio Mendoza Neira.
EL TIEMPO sí supo del plan para derrocar a Laureano. Nosotros éramos conspiradores de balcón. Todos sabíamos lo de que Hernando Durán iba a tomarse la base de Apiay.
-Pero El Tiempo no contó esa noticia.
Cómo se te ocurre!.
Cómo eran de brutos!.
El Tiempo apoyó el golpe de Rojas Pinilla de 1953. Salimos a las calles a vivar a Rojas -recuerda el Viejo- el hombre que acababa con ese régimen de terror. Esa luna de miel duró muy poquito, porque Rojas resultó godo, más godo que Laureano . El periódico fue clausurado por un editorial muy duro contra el dictador pero, sobre todo, contra su hija María Eugenia. Dejamos de circular tres días. Hicimos un periódico mientras tanto que se llamó Intermedio, hágame el favor . Luego EL TIEMPO ayudó a la caída de Rojas. Salimos a las calles a vivar su caída. Subió Alberto Lleras. El Frente Nacional fue un bálsamo que acabó con esa violencia terrible , recuerda.
Vivía en función de todos los detalles. Una mañana, cuando se dirigía al periódico, su carro paró en un semáforo, bajó el vidrio y le preguntó al voceador cuántos tiempos le quedaban. Veinte, señor . Y cuántos espectadores ? . Cinco , respondió el voceador. !Carajo! Eso cómo puede ser , exclamó el Viejo. Y el voceador replicó: Es que me dejan cien tiempos y diez espectadores .
Ha sido tal su poder en el periódico que no en vano a Alfonso López Michelsen, su amigo personal, le atribuyen la frase según la cual Hernando Santos hace los editoriales de la página cuarta, y Enrique Santos Castillo hace los editoriales de la primera . El cargo que ha ocupado últimamente se llama editor general pero, para el efecto, da lo mismo que el de jefe de redacción que ha ocupado toda la vida: ha sido el hombre que selecciona las noticias, las distribuye y, sobre todo, dice qué encabeza la información. Ese control lo ha ejercido con mano de hierro a lo largo de 54 años. Ultimamente ha cedido terreno a sus hijos y sobrinos pero no deja de ir al periódico un solo día. Existe la versión de que ha perdido paulatinamente la memoria. Quizá los años no llegan solos. Pero en la entrevista que concedió para este informe recitó uno a uno los precios que ha tenido el periódico desde que ingresó en él hasta hoy: El ejemplar de EL TIEMPO valía cinco centavos, luego diez, luego costó 50, luego un peso, luego cinco pesos, y ahora está en 600 pesos .
Enrique Santos es el editor del diario más veterano de Colombia, el que más títulos ha puesto, el que más ha hablado con presidentes: a todos los tutea. El Viejo Enrique ha sido el confesor de 15 presidentes. Con unos ha tenido más confianza que con otros. Quizás el más amigo ha sido López Michelsen. Pero también el que más sobaba. No es que yo los regañara. Algunas veces no les pasaba al teléfono a los presidentes porque sabía que iban a pedirme, a reclamarme por algo. Me hacía el pendejo . No le gustaba Samper. Me caía mal. Era que tenía una posición populista jartísima . De Andrés Pastrana, por quien votó en las últimas elecciones, dice que hay que darle tiempo.
El Viejo, en fin, es el hombre que más periodistas ha visto pasar por una sala de redacción y el que más ha conocido las cuitas del poder. Ha tenido un poder omnímodo y nunca -desde cuando quería pelear al lado de Franco- ha ocultado su debilidad por los militares ni su odio contra los comunistas. Yo perseguía los comunistas a morir , dice. Pero aún así recuerda con cariño a Luis Eduardo Parra -el papá de Parrita, actual jefe del área de corrección de estilo-, comunista hasta la médula con quien mantuvo una excelente amistad. Y al Camarada Bernal, también corrector de estilo, con quien discutía todo el tiempo pero a quien quería muchísimo. Y todo eso sin haber escrito una sola línea. De vez en cuando dictaba algunos textos y, aficionado a la historia como lo es, se encargaba de las secciones Hace 50 años y Hace 25 años .
Enrique Santos Castillo es un capítulo aparte en la historia del periodismo colombiano de la última mitad del siglo, y eso significa que él es un capítulo especial de la historia de Colombia. Y lo es junto con su hermano Hernando, director del periódico, cargo del que Enrique dice tiene mucho de relaciones públicas pero poco de lo que a él le gusta: el mando directo sobre la redacción. Con Hernando hemos tenido una relación muy buena a pesar de que somos muy diferentes. No somos amigos en el sentido amplio de la palabra. Uno con los amigos sale a veranear, a almorzar, a jugar. Pero tenemos las mejores relaciones, no peleamos nunca por el manejo del periódico .
Si peleas ha tenido ha sido con la nueva generación, encabezada por su hijo Enrique Santos Calderón. Le salió comunista aunque después también se volteó . Era la época en que, a finales de los sesenta, tres muchachos hacían de las suyas en la redacción. Eran Enrique hijo, Daniel Samper y Luis Carlos Galán. Eran muchachos tontos. Enrique me causó muchos dolores de cabeza . Los tres hacían las páginas universitarias. Duraron algo más de un año y fueron clausuradas porque eran un caballo de Troya del comunismo dentro de ELTIEMPO. La última entrevista que hicieron fue con Kiko Correa, dirigente estudiantil de la Universidad Nacional que se fue a la guerrilla y eso fue considerado una apología de la lucha armada. Fueron de tal magnitud las peleas de Enriquito con su papá, que después de infinidad de portazos, armó rancho aparte y fundó la revista Alternativa, de izquierda radical.
- Teme por el periódico cuando se vayan ustedes, los dos viejos, es decir, teme que se puedan dividir las familias?.
-Eso sería terrible. Espero que no pase nunca. Lo que acaba con una empresa, con un periódico de familia, son las peleas.
- No le da miedo que el periódico se convierta en un emporio empresarial -ahora están en diarios regionales, libros, canal de televisióny pierda calidad?.
-Me da miedo y he hablado eso con Luis Fernando. EL TIEMPO puede perder calidad y perder fuerza. Hay que dedicarle todo el esfuerzo al periódico, a la gallina de los huevos de oro.
– Y qué dice Luis Fernando?.
-El está un poquito de acuerdo conmigo, pero a él le gusta expandirse.
El viejo confiesa que su mayor acierto ha sido haberse casado bien, con Clemencia Calderón, y que su más grande orgullo son sus hijos. Ese ha sido Enrique. Fuerte como un muro en todas sus decisiones. Franquista, anticomunistas, de buen humor, coqueto a morir como diría él y militarista. Por eso sorprende su última respuesta:.
- Y qué piensa usted de Tirofijo?.
-Es todo un personaje. Quiero conocerlo, a ver cómo es la vaina, a ver quién es, qué piensa. Ole, por qué no vamos a verlo? (Apartes)