HILO DE SANGRE AZUL

Explicación del contenido del libro:

 

Un día al llegar a su casa, la periodista Sara Yunus se encuentra con un hilo de sangre que sale del apartamento de Pedro Ospina, un reconocido financista que maneja el dinero de varios personajes influyentes y poderosos, entre quienes se cuenta la mayoría de habitantes de su edificio. Aunque la escena del crimen da a entender que Pedro se suicidó, acosado por las dificultades económicas que le impedían cumplir con los pagos de exorbitantes intereses a sus inversionistas,  Sara tiene indicios de que en realidad pudo haber sido asesinado por uno de sus clientes. Con el apoyo del periódico para el que trabaja, la periodista decide investigar que pudo haber pasado con Pedro,  lo que la llevará a descubrir los más sórdidos secretos de sus vecinos, que van desde el adulterio, las rencillas familiares, la doble moral y la evasión de impuestos hasta el narcotráfico y la corrupción de la justicia.

 

Con el estilo ágil y directo que la caracteriza, Patricia Lara explora las intrigas, infidelidades y traiciones que la alta sociedad preferiría ocultar.

De su Novela: “Hilo de Sangre Azul” Divertimentos del estrato 6

 

Para poder decir la verdad hay que escribir una novela. Así termina el muy entretenido libro de Patricia Lara, que se aventura en el relato policíaco Hilo de sangre azul. La conclusión de la periodista, que protagoniza la investigación criminal, es más que lapidaria y habla de la manera como tendríamos que abordar las realidades colombianas.

A lo largo del texto, que atrapa desde la primera página, la autora nos ofrece una historia llena de elementos divertidos, como la referencia al inodoro de un obispo enano. Creo el de la imaginación de Patricia es el único que ha existido en toda la historia de la humanidad. Claro que es apenas una referencia marginal, pero suficiente como para convertirla en el tema de otra novela.

Pero más allá de este tipo de detalles que suscitan necesariamente una sonrisa malévola, se nos ofrece un retrato muy interesante de la manera como confluyen en un edificio elegante de Bogotá toda clase de personajes de la vida diaria del país: los gobernantes, modelos, narcos, rábulas, financistas ingeniosos, porteros, guardaespaldas de los buenos y de los malos y empleadas de servicio. Todos ellos son del estrato 6 por aquella curiosa segmentación social que dice quiénes somos en la escala social dependiendo del lugar en el cual habitamos.
Aparte de ofrecernos un rato de relax literario, muy apropiado para estas épocas de Navidad, el libro permite reconocer esos contrastes pintorescos de un país en el que todos los ciudadanos quieren, por encima de todo, mejorar de estrato, sea por sus relaciones o por el dinero que les permite mejorar sus apariencias.

Si son las dos cosas, mejor todavía. A partir de ahí se compone la moda, el acceso a los clubes sociales, las relaciones sexuales con sus placeres y sus infidelidades, las transacciones comerciales, el manejo de influencias y, algo muy importante, la gastronomía que combina caviar con lechona tolimense. Parece que para Navidad el libro vendrá con un folleto que incluye las recetas de cocina.

Mientras leía el desarrollo de los acontecimientos, que obviamente no mencionaré, tuve que detenerme varias veces para preguntarme si se trataba de un texto serio que simplemente describía los personajes de ficción en un estilo de realismo extremo, propio del contexto social de nuestra clase dirigente, o si, más bien, era una parodia sarcástica de acontecimientos que de una u otra forma es posible reconocer cuando se ha leído el periódico y las revistas del jet set de las últimas dos décadas. Al final, creo que son las dos cosas, porque las dos se funden en una combinación indisoluble.

A mí, por enfermedad profesional incurable, me encantaría leer esta novela con estudiantes de bachillerato de diferentes estratos, para ver qué tanto se reconocen en este espejo. Siempre he creído que la literatura es una fuente irremplazable de entretenimiento inteligente, en tanto que ayuda a reírse de uno mismo en la medida en que se aproxima a las realidades en las cuales se vive. Pienso, echando globos, que sería muy divertido que los chicos jóvenes inventaran sus propias novelas policíacas para decir las verdades que ellos saben y que, como ocurre en el libro, no pueden circular por canales institucionales. Pero el mismo ejercicio sería todavía más interesante si se hiciera con jueces, policías, maestros, porteros de edificios, generales de la República o víctimas de la violencia.

Cada quien, incluyéndome, conoce muchas historias que si se contaran pondrían patas arriba la institucionalidad de este país, y tal vez de otros países, donde casi todo es comprable y cada quien sabe un pedazo de historia que no saldrá del ámbito privado. En cientos de conversaciones uno escucha los escándalos que nunca llegan a la prensa o a los tribunales, y si llegan se refunden dejando de resolver muchos entuertos de esos que sólo en una novela pueden aclararse.
frcajiao@yahoo.com

Francisco Cajiao

 

Jaime García Márquez

Vicepresidente de la Fundación Nuevo Periodismo

‘Hilo de Sangre azul’, de Patricia Lara S. La autora, con sutil habilidad, une todos los elementos para lograr una excelente novela. Nos brinda una historia llena de intrigas y suspenso al mejor estilo de Agatha Christie. Patricia, con una técnica narrativa sin truculencia, nos arrastra a un final, que los lectores se gozarán. Nos narra con singular maestría, las circunstancias que llevaron al suicidio a Pedro Ospina, empresario exitoso, dueño de una jugosa Pirámide y miembro destacado del jet set; de vida extravagante, propia de ese mundo, casado con la hija del dueño de una fortuna sólida.

El escenario principal, un lujoso edificio habitado por la mayoría de los protagonistas y lugar del suicidio, en donde el recorrido inverosímil de un hilo de sangre de la víctima, se convierte en la punta de la madeja que Sara Yunus, intensa joven periodista que en busca del reportaje de su vida, necesita desenredar antes de irse con su novio a Paris.

Aura Lucía Mera

El hilo de sangre azul

 

Por: Aura Lucía Mera
 

EMPEZANDO POR EL TÍTULO, TOdo en esta nueva novela de Patricia Lara me sorprendió.

Confieso que la empecé a leer con ese sustico que da meterse en la obra escrita por una amiga, para después no saber cómo decirle si no me gustó. Me fui dejando llevar por las páginas, con lentitud, la verdad sin mayores expectativas. Sé que es muy difícil pasar del periodismo a la novela. Y Patricia ha sido brillante en su extensa carrera como periodista investigativa y como columnista. No ha sentido temor de arriesgarse en sus pesquisas, ni en sus denuncias, y jamás le ha temblado el pulso ni la letra para cuestionar, indagar, expresar opiniones y mantener en alto sus creencias y su ética, por encima de cualquier amenaza o conveniencia.

En su novela anterior, nos contaba del amor oficialmente imposible y prohibido de dos jóvenes situados en lados opuestos e irreconciliables del conflicto colombiano. Amor enemigo nos llevó más allá de la pasión de los jóvenes. Nos mostró la radiografía del país en que vivimos, con sus injusticias, sus desigualdades, su violencia y sus posibilidades de redención y paz. Pero en esa obra todavía Patricia tenía el respaldo, por así decirlo, de sus investigaciones y testimonios de actores del conflicto armado.

En Hilo de sangre azul se lanza al vacío, con un valor increíble. Se despoja de salvavidas y protecciones de cualquier tipo para adentrarse en terrenos psicológicos, policiales, y denunciar aspectos de la alta sociedad capitalina, que se mueve muchas veces en aguas turbias y peligrosas, siempre convencida de que saldrá incólume por los privilegios económicos, políticos y sociales que encubren actuaciones non sanctas, manipulaciones secretas y pasiones escondidas.

La novela, para mí que no soy crítica literaria, Dios me libre, logra algo difícil: desarrollarse en círculos, casi repetitivos, pero escritos así a propósito: las relaciones, las comidas, las confidencias, siempre girando en torno al eje de la curiosidad ilímite de la periodista Sara Yunus y su amor por la noticia investigativa. Va cobrando una vida propia y se levanta in crescendo para llegar a un final inesperado y sorprendente. Mientras tanto, deja que discurra la condición humana de los altos círculos, con todas sus flaquezas, ambiciones, intrigas y emociones. Cada personaje toma su carácter independiente y se van entrelazando unos con otros, sin dejar nada al azar.

Me quedo con la curiosidad casi morbosa de preguntarle a Patricia cuáles fueron los personajes reales que le sirvieron de base para la novela. Dejo volar mi imaginación y ya tengo algunos sospechosos. A lo mejor estoy calumniando. A lo mejor acierto. Ojalá Patricia rompa conmigo algún día la reserva del sumario y me cuente los detalles de esos personajes tan bien delineados que forman parte del misterio de ese hilo de sangre azul.

Bien por Patricia Lara. Logró mostrarnos, una vez más, nuestra compleja y enredada realidad. Que no sólo está suscrita a los alzados en armas de cualquier bando, ni a los jóvenes que se alistan para escapar de sus hogares, sino de esas puntas del iceberg refinado que tiene más fondo que el mismo fondo del mar.

TOMADO DE: http://www.elespectador.com/columna157781-el-hilo-de-sangre-azul

Divertimentos del estrato 6

 

Para poder decir la verdad hay que escribir una novela. Así termina el muy entretenido libro de Patricia Lara, que se aventura en el relato policíaco Hilo de sangre azul. La conclusión de la periodista, que protagoniza la investigación criminal, es más que lapidaria y habla de la manera como tendríamos que abordar las realidades colombianas.

A lo largo del texto, que atrapa desde la primera página, la autora nos ofrece una historia llena de elementos divertidos, como la referencia al inodoro de un obispo enano. Creo el de la imaginación de Patricia es el único que ha existido en toda la historia de la humanidad. Claro que es apenas una referencia marginal, pero suficiente como para convertirla en el tema de otra novela.

Pero más allá de este tipo de detalles que suscitan necesariamente una sonrisa malévola, se nos ofrece un retrato muy interesante de la manera como confluyen en un edificio elegante de Bogotá toda clase de personajes de la vida diaria del país: los gobernantes, modelos, narcos, rábulas, financistas ingeniosos, porteros, guardaespaldas de los buenos y de los malos y empleadas de servicio. Todos ellos son del estrato 6 por aquella curiosa segmentación social que dice quiénes somos en la escala social dependiendo del lugar en el cual habitamos.
Aparte de ofrecernos un rato de relax literario, muy apropiado para estas épocas de Navidad, el libro permite reconocer esos contrastes pintorescos de un país en el que todos los ciudadanos quieren, por encima de todo, mejorar de estrato, sea por sus relaciones o por el dinero que les permite mejorar sus apariencias.

Si son las dos cosas, mejor todavía. A partir de ahí se compone la moda, el acceso a los clubes sociales, las relaciones sexuales con sus placeres y sus infidelidades, las transacciones comerciales, el manejo de influencias y, algo muy importante, la gastronomía que combina caviar con lechona tolimense. Parece que para Navidad el libro vendrá con un folleto que incluye las recetas de cocina.

Mientras leía el desarrollo de los acontecimientos, que obviamente no mencionaré, tuve que detenerme varias veces para preguntarme si se trataba de un texto serio que simplemente describía los personajes de ficción en un estilo de realismo extremo, propio del contexto social de nuestra clase dirigente, o si, más bien, era una parodia sarcástica de acontecimientos que de una u otra forma es posible reconocer cuando se ha leído el periódico y las revistas del jet set de las últimas dos décadas. Al final, creo que son las dos cosas, porque las dos se funden en una combinación indisoluble.

A mí, por enfermedad profesional incurable, me encantaría leer esta novela con estudiantes de bachillerato de diferentes estratos, para ver qué tanto se reconocen en este espejo. Siempre he creído que la literatura es una fuente irremplazable de entretenimiento inteligente, en tanto que ayuda a reírse de uno mismo en la medida en que se aproxima a las realidades en las cuales se vive. Pienso, echando globos, que sería muy divertido que los chicos jóvenes inventaran sus propias novelas policíacas para decir las verdades que ellos saben y que, como ocurre en el libro, no pueden circular por canales institucionales. Pero el mismo ejercicio sería todavía más interesante si se hiciera con jueces, policías, maestros, porteros de edificios, generales de la República o víctimas de la violencia.

Cada quien, incluyéndome, conoce muchas historias que si se contaran pondrían patas arriba la institucionalidad de este país, y tal vez de otros países, donde casi todo es comprable y cada quien sabe un pedazo de historia que no saldrá del ámbito privado. En cientos de conversaciones uno escucha los escándalos que nunca llegan a la prensa o a los tribunales, y si llegan se refunden dejando de resolver muchos entuertos de esos que sólo en una novela pueden aclararse.
frcajiao@yahoo.com

Francisco Cajiao

Esteban Carlos Mejía

¿Quién diablos mató a Pedro Ospina?

Por: Esteban Carlos Mejía

PARA SUS AMIGOS, PEDRO OSPINA ES generoso y simpático. Se mueve en el mercado extrabancario con el sigilo de cualquier David Murcia Guzmán.

Aunque ha embaucado a tres o cuatro proletos, la mayoría de sus clientes son ilustres burgueses de la sociedad bogotana, desde un ex presidente de la República y sus hijas hasta una famosa presentadora de televisión y su amante, el mafioso más temido del país. Paga lucrativos intereses y jamás se enreda con impuestos. Detrás de él —como detrás de todo buen hombre— hay una gran mujer, en este caso una tipa medio pendeja, Margarita Díaz Obregón, hija de Venustiano Díaz, multimillonario hiper mega califragílistico, cuyos negocios en hoteles, automotores, minas y bienes raíces le sirven de respaldo al agiotista. Ahora bien, Pedro Ospina está en la olla: no tiene ni con qué comprar tabletas para la úlcera.

Y además, está muerto, requetemuerto. Yace sobre el piso de madera de su apartamento en el edificio Portales de la Cabrera, carrera 8ª N° 88-99. De la boca le sale un hilo de sangre que le humedece la barba. Tiene una pistola en la mano derecha y parece sonreír. Así lo sorprende su vecina Sara Yunus, “una periodista a quien la pasión por el oficio impulsaba a dejarlo todo con tal de llegar al fondo de una noticia o de conocer los secretos de un personaje”.

Curiosa y observadora, no olvida registrar nada. Desayunos, almuerzos, coitos. Muebles, alfombras, porcelanas. Vinos, quesos, entremeses. Restaurantes, bares, hostales. Corbatas, zapatos, bufandas. Lo cuenta (casi) todo con una minuciosidad que a veces resulta enojosa pero que refleja a cabalidad su actitud más o menos naïf ante la vida, sesgada por “la ambición, el deseo de gastar siempre más, el impulso de ascender en la escala social, la confusión entre el sexo y el afecto y el cálculo imposible en las cosas del amor”.

Persuadida de que no hubo suicidio, se pone a averiguar quién mató al financista. Se topará con móviles y personas muy disímiles. Juan de Dios Cleves, abogado advenedizo y corrupto, capaz de traicionar a quien sea. Elvira Gutiérrez, portera del edificio, cuyo hijo Juancho sabe más de lo que dice. Paola Abuchaibe, amante del finado, que se transformará de hermosa mulata guajira en afligida bola de sebo. Karen Santa Cruz, mortificante vedette de televisión, arribista de arribistas. Eduviges, criada y moza fortuita de Cleves, experta en artes marciales, ¡un peligro! Y Sonia Obregón, suegra de Pedro Ospina, que con su intuición y el auxilio sobrenatural de Nardo, su ser de Luz, se convertirá en detective y ayudará a esclarecer el enigma que ronda en cada página de Hilo de sangre azul, la nueva novela de Patricia Lara (La otra orilla, 257 páginas).

La literatura supera a la realidad. Porque, como lo advierte Sara Yunus al poner punto final a su entretenido y elocuente relato, la ficción es “el único camino posible” para contar la verdad.

Rabito de paja. “Dios es testigo de que continuaré dirigiendo los destinos públicos únicamente hasta que el odio fratricida haya desaparecido y podamos de nuevo transitar el camino de la paz y recobrar nuestro prestigio de nación culta y cristiana”. Teniente General Gustavo Rojas Pinilla, noviembre de 1954.

TOMADO DE: http://www.elespectador.com/columna160922-quien-diablos-mato-pedro-ospina

José Luis Díaz Granados

 

Patricia Lara acaba de publicar un libro excepcional, Hilo de sangre azul (Bogotá, Norma, 2009), en donde registra con su singular estilo –en el que la novela y la crónica se entremezclan en delirante bitácora de acontecimientos–, uno de los capítulos más sucios de la historia colombiana.

La novela se inicia con una trama que engancha al lector desde el primer párrafo. Sara Yunus, periodista de la Unidad Investigativa del diario El Meridiano, tiene cita con su novio, Sergio Sader –un sociólogo y filósofo de izquierda con quien se conoció un 26 de julio en Santiago de Cuba–, para oír a Chucho Valdés en el Teatro Libre de Chapinero. Las boletas las tiene Sara en su apartamento, por lo que se ve obligada a ir a recogerlas, pero al llegar al edificio le llama la atención una mancha roja seguida por un hilo de sangre que sale de la puerta del 201, donde habita el financista Pedro Ospina.

Desde ese momento se inicia un verdadero laberinto narrativo donde van y vienen hombres y mujeres tanto del alto como del bajo mundo que habitan el edificio Portales de La Cabrera, al norte de Bogotá.

Ospina es un financista aventurero y buenavida que se casa con Margarita Díaz, la hija única e idolatrada del todopoderoso magnate mexicano Venustiano Díaz y de doña Sofía Obregón de Díaz, una dama otoñal, supersticiosa, aficionada al esoterismo. La pasión sexual irrefrenable por la mulata guajira Paola Abuchaibe lleva a Ospina a la ruina, no sólo económica y empresarial, sino matrimonial y personal, a tal punto que el multitudinario acoso de sus acreedores lo lleva a pensar seriamente en el suicidio.

Su abogado, Juan de Dios Cleves, un provinciano de origen humilde, trepador social, ostentoso de su propia importancia y dueño aparente de un harén de mujeres de diversa calaña, es el personaje central para el desarrollo y desenlace de la trama principal, junto con su asistente Eduviges, una amarga solterona que obedece ciegamente a su patrón.

Desde el momento en que Sara Yunus examina el cadáver yacente del suicida, sufre una profunda y obsesa duda metódica acerca de las circunstancias de su trágico fin, pues los expertos en medicina legal le informan que solamente una cabeza pendiente y no acostada puede manar un arroyo de sangre semejante al que vio la periodista. ¿Se trata, pues, de un suicidio o de un asesinato? Esta pregunta punzante y recurrente recorre las 255 páginas de Hilo de sangre azul hasta su respuesta final, que desde luego no será revelada aquí.

Entretanto, la escritura de Patricia Lara hace gala de destreza literaria y agilidad periodística, al mostrar en cada personaje recreado piezas fundamentales de su historia: Elvira Gutiérrez, la portera, y su hijo Juancho; Karen Santa Cruz, modelo y presentadora, humillada por el poderoso banquero don Jesús Echeverri y Martínez, y luego recogida por un narcotraficante chambón y neurasténico llamado Rafael del Castillo; las hijas del ex presidente Nicolás Urrutia, Pepita y Jacqueline, casadas, respectivamente, con el ministro Pablo Armando Iregui y el senador costeño Toño Támara, la primera puritana y avara, y la segunda, amante secreta de su cuñado Iregui; y una pléyade de hombres y mujeres que desde un segundo plano van completando las claves necesarias para descubrir la verdad final.

El edificio es la alegoría del universo narrativo de Hilo de sangre azul. Pero por fuera de él, aparece el dueño de El Meridiano, don Eloy Castillo, hombre de extrema derecha pero justamente querido y admirado por Sara Yanus como figura paterna. Un día, don Eloy rompe bruscamente y sin explicación alguna su relación afectiva y periodística con Sara, pero meses más tarde, en París, se reconcilia con ella durante un encuentro en el restaurante Maxim’s y se convierte, al final de la historia, en la pieza definitiva para el esclarecimiento de la muerte de Ospina, gracias al testimonio de Gabriel, su hijo homosexual.

A medida que el lector va avanzando, va dándose cuenta de que a cada capítulo la autora nos sorprende con un nuevo y supuesto sospechoso de la muerte de Pedro Ospina. Sara Yunus, que tiene la facultad de hacerse fácilmente a la confianza de la gente, escucha el monólogo personal de los distintos vecinos y de amigas, y luego va sacando conclusiones que sólo revela a Sergio durante sus cenas o en las noches íntimas de pareja. De manera que Patricia va conformando, capítulo a capítulo, una auténtica novela policial, como si un detective contara una personalísima experiencia profesional.

Pero al lado de esto, Patricia Lara esplende como una gran conocedora de los más intrincados secretos del oficio narrativo. Sabe, como Proust o Faulkner o García Márquez, que toda gran nove la está construida con buenas dosis de poesía, pero que al mismo tiempo es una relojería peculiar o una construcción catedralicia donde no puede ni debe fallar el más insignificante de los detalles.

Sorprende el cuidado con que describe los escenarios particulares de una determinada acción: la música que escuchan los protagonistas, las comidas y bebidas que consumen, el mobiliario que los acoge: la gran cama de cobre con plumón forrado y monograma bordado a mano, sillas isabelinas, tapetes de la India, lámparas de Murano, pisos de madera granadillo o porcelanas Capodimonte, siempre testigos mudos de las más ardientes pasiones carnales o de las revelaciones de los seres de luz que alucinan a doña Sonia luego de compartir el lecho con su bien dotado amante mulato. Y sorprende también el acertado manejo de las diversas convicciones que allí se expresan y la certeza permanente de la primacía de los valores de la ética, la nobleza y la generosidad sobre tanta purulencia que salpica sus almas.

Y por encima de todo, está el amor. La ternura, la justicia y la inteligencia, representadas en Sara Yunus y Sergio Sader, están siempre presentes en medio de besos largos “de esos buenos”, mientras “hacen el amor con amor”. La novela vibra de alusiones musicales desde la audición de Chucho Valdés que abre la trama, pasando por el Concierto No.2 de Rachmaninov, las Cantatas de Bach, la Misa de coronación de Mozart o el Concierto de Colonia de Keith Jarret, sin que falten las canciones de Carlos Vives, Shakira y los Hermanos Zuleta, entre otros, hasta “Muchacha bonita”, “Quiéreme mucho” o “Cámbulos y gualandayes”, o la de Eduardo Cabas –interpretada por su hijo– que habla del “calvario de los colombianos” cuando pasan por la inmigración gringa y les preguntan: “¿Quién es usted?” Y Cabas responde: “Caribe soy, a mucho honor, el único lugar donde aún se puede vivir de una ilusión.”

La minuciosa descripción de los vestidos masculinos y los trajes femeninos aflora de manera permanente, lo mismo que las comidas y bebidas de determinados instantes de la obra: desde entremeses de manzanas al horno con almendras ralladas y queso de cabra, pasando por pimentones marinados en aceite de oliva; caviar ruso, pasabocas mousse de hongos salvajes, rigatoni con almejas, hasta la típica lechona con arepas de trapo e insulsos, más los totopos, quesadillas, tortillas, chilaquiles, moles, chiles en escabeche y changos que sacian la gula azteca de don Venustiano. Desde los vinos blancos piamonteses del norte del Lago de Garda, el amaretto Disaronno junto con el whisky Johnny Walker Sello Azul o la vodka Stolichnaya, hasta el postrer aguardiente bebido por el infortunado protagonista.

Pero a medida que avanzamos en la lectura, Pedro Ospina va ganando terreno en el corazón de los lectores, quienes comienzan a experimentar afecto por este donjuán ambicioso y manirroto, y a sentir eso que don Baldomero Sanín Cano denominaba tan certeramente la pesadumbre de la belleza, y cree uno ver de pronto al poeta José Asunción silva acosado por familiares y acreedores, lo mismo que a José Fernández, el personaje de su novela De sobremesa, así como también a B.K., el protagonista de Los elegidos, donde su autor, Alfonso López Michelsen enjuicia a su propia clase, la alta burguesía bogotana, y coloca a algunos de sus representantes en la boca del lobo de sus lectores.

Cuando al final de la historia Sara Yunus, retirada en París del mundanal ruido, se entera de manera inesperada de la verdad acerca de la muerte de Pedro Ospina, cuando logra por fin desentrañar aquel nudo que parecía indescifrable, se indaga a sí misma acerca de cómo hacer para revelar ese oscuro universo donde se recrea, entre torcidas tinieblas, el tejemaneje de una sociedad cuestionada en su comportamiento social y en su conducta moral. ¿Cómo hacer para dar a conocer la verdad de la muerte de este pobre burgués desafortunado? ¿Dónde y en qué forma?

Y Sara Yunus toma entonces la decisión más sabia de su vida, para emprender el único camino posible para contar su verdad: el mismo que sin duda también hubieran emprendido Patricia Lara y quien les habla: escribir una novela.

Tomado de: http://www.jornada.unam.mx/2009/10/18/sem-leer.html