Algunos de sus reportajes

El Tiempo
29 Noviembre 1982
Rómulo Lara, un hombre sabio, cmerciante, parrandero, generoso y medio loco...

Cultura

19 Abr 2014

¡Gracias, Gabo!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pocas personas fueron tan cercanas a García Márquez y a su familia como la exdirectora de la revista ‘Cambio’, amiga personal y cómplice de sus proyectos periodísticos.

Por: Patricia Lara / Especial para El Espectador

Gabo tomó una pluma y, sobre una servilleta de papel, en un restaurante de Cartagena, dibujó una caricatura de su rostro, le colocó la fecha, la firmó, me la entregó y me dijo:

—Si un día se quiebra la revista, ¡venda esto y sale de la quiebra!

Así lo manifestó ese periodista irremediable, con dotes de pintor, de cineasta, de guitarrista y de cantante, quien se dedicaba tras bambalinas a ayudarnos a sacar adelante Cambio16, y a quien le escuché decir más de una vez que su mayor frustración era la de no poder dar la noticia más importante de su vida.

Y ahora, cuando ella se produce y El Espectador me pide que hable del tema, imágenes suyas desfilan en mi memoria:

Gabo, con su eterna camisa de pana color naranja, sentado en 1976 en la cafetería del Hotel Nacional en La Habana y, junto a él, un funcionario del gobierno cubano que lo señalaba y me decía: “Ese es García Márquez”; Gabo, una noche en París, en un invierno de fines de los años setenta, jugando con la nieve como un niño; Gabo, en esa misma ciudad, guitarra en mano, cantando vallenatos de Escalona; Gabo y Mercedes, ella con un abrigo de piel de zorro, llegando a cenar en el Bistro 121 de la Ciudad Luz, donde en una cena similar, un tiempo después, se les murió la escultora Feliza Bursztyn; Gabo, en 1978, mandándome a hacer, para la revista Alternativa, un reportaje en una cárcel de La Habana, a presos políticos cubanos que gracias a él fueron liberados meses más tarde; Gabo, un 31 de diciembre, en su casa de la isla, recibiendo en el vestíbulo a uno de sus mejores amigos, el comandante Fidel Castro; Gabo, en Barcelona, caminando por Las Ramblas, con la cabeza sucia de palomas, preocupado por el futuro de Alternativa; Gabo, hablando en México con Darío Arizmendi, con José Vicente Kataraín, con Mercedes y conmigo sobre cómo sería El Otro, ese diario cuyo nombre registramos pero que al final nunca hicimos; Gabo, regañándome en la cocina de su casa en México; Gabo, en esa ciudad, conduciendo su carro rojo, su juguete preferido, y escuchando a Vikky Carr; Gabo, en su estudio de México, forrado en su cómodo uniforme de escritor, un overol azul similar a los que se utilizan en el campo, para recordar, así, lo difícil que es el oficio de escribir; Gabo, muerto de la risa, el día en que se ganó el Premio Nobel, cuando su amigo, el pintor Alejandro Obregón, quien no conocía la noticia, al llegar de visita a la casa repleta de arreglos florales, exclamó: “¡Mierda, ¿quién se murió aquí?!”; Gabo, conspirando siempre, en México, en La Habana, en Bogotá, para realizar el sueño de lograr la paz de Colombia; Gabo y Mercedes, a mi lado, acompañándome en uno de los momentos más difíciles de mi vida; Gabo, leyéndome por teléfono, desde México, párrafos enteros de una trilogía de amor que no llegó a publicar pero apartes de los cuales reconocí en la historia de sus Putas Tristes; Gabo, editando desde México, o desde cualquier sitio donde se encontrara, los artículos que le enviaban los jóvenes periodistas de Cambio16; Gabo, llevando el ritmo con las palmas, cantando La diosa coronada; Gabo, con todos sus hermanos, un 31 de diciembre en Cartagena, en casa de su madre, doña Luisa Santiaga Márquez Iguarán, quien para entonces ya lo había antecedido en la enfermedad del olvido; Gabo, en la Ciudad Amurallada, bailando con Mercedes, como cumbiamberos expertos, una espléndida Pollera colorá; Gabo, en la playa del hotel Las Américas, hablándoles de periodismo a los reporteros de la revista Cambio16; Gabo, liderando los talleres en la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano; Gabo, hablando de Rodrigo y de Gonzalo; Gabo, diciéndome que mejor hechos que sus libros le habían quedado sus hijos; Gabo, tantas veces y en tantos lugares; Gabo, en junio pasado, en su casa de Cartagena, ya sin memoria pero repleto de ternura y de afecto; Gabo, en fin, alimentándonos con sus obras y enseñándonos el arte del reportaje y del periodismo pero, ante todo, mostrándonos el significado de la amistad; Gabo, el jueves pasado, escuchando desde su muerte a mi hija poeta, quien me decía: “yo tengo que darte las gracias porque oyéndote hablar de Gabo me mostraste la literatura”; Gabo, mirando desde la muerte su vida colmada de logros obtenidos gracias a su disciplina de hierro y a su trabajo diario; Gabo, observando desde su muerte esa vida suya repleta de enseñanzas y de páginas perfectas escritas para que sus amigos, y todos, lo quisiéramos más.

¡Gabo, paz en su tumba! ¡Gabo, GRACIAS con mayúscula por habernos regalado tanto: sus libros, sus cuentos, sus historias, sus consejos, sus anécdotas pero, ante todo, su amistad! ¡GRACIAS, GABO!

 

Semana

De cerca y de lejos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La periodista y escritora Patricia Lara Salive, amiga cercana de Gabriel García Márquez desde hace más de tres décadas, escribió para SEMANA una semblanza del ganador del Nobel de literatura que nació en Aracataca el 6 de marzo de 1927.

 

—Siéntese a mi lado porque me siento muy solo –me dijo ese hombre de pelo ensortijado y bigote grueso, considerado el más grande escritor vivo, quien a pesar de sus casi 30 libros publicados dice que no ha escrito sino uno, “el libro de la soledad”, y que ese día de julio de 1984 asistía, como invitado de honor, al almuerzo que Seguros Bolívar le ofrecía al expresidente Carlos Lleras Restrepo con motivo de la entrega de su Premio Simón Bolívar a la Vida y Obra de un Periodista.

 

Quien así hablaba era el Premio Nobel de Literatura de 1982, un cataqueño tímido que a pesar de llevar un fino saco de cashemere a cuadritos negros y blancos y de ser el centro de las miradas, no se sentía cómodo entre el solemne mundo “cachaco”, tal vez porque, como ha dicho, nunca olvidó que no era ni sería más que uno de los 16 hijos del telegrafista de Aracataca; Gabriel José García Márquez, el hijo de Gabriel Eligio García, quien además de telegrafista, homeópata y conservador fue lector obsesivo, poeta y virtuoso del violín, y de Luisa Santiaga Márquez, aristocrática hija del coronel Nicolás Márquez, veterano liberal de la Guerra de los Mil Días, la persona con quien Gabriel José mejor se ha entendido; el abuelo Nicolás, ese que lo llevó a los circos e hizo destapar una caja de pargos congelados para que él conociera el hielo, como lo hizo el coronel Aureliano Buendía en Cien Años de Soledad, ese libro que dice que parece un bolero, o un largo vallenato, y que le cambió la vida porque desde que se publicó arrasó con la escasez, pues “se vendió como salchichas” (más de 40 millones de ejemplares) y se tradujo a 34 idiomas; sí, el abuelo Nicolás, quien, como el último de los Aurelianos, tenía una nieta con cola de puerco; abuelo cuya muerte partió en dos su vida porque lo crio y lo formó de la mano de su esposa, Tranquilina Iguarán, esa abuela que conversaba con los muertos y que le llenaba la cabeza con historias fantásticas que en la noche le producían terror; Gabriel García Márquez, el sobrino de la Tía Pa, una viejita menuda y arrugada que andaba por la casa y predecía las lluvias y las sequías, y de la tía Francisca Simodosea quien, como la Amaranta de Cien Años, murió el día en que terminó de tejer su mortaja.

 

Gabriel, el mayor de los 11 hijos de Luisa Santiaga a quien han llamado Gabito todos ellos: Luis Enrique, el contador, fotógrafo, guitarrista, cantante y guardaespaldas del trío Los Panchos; Margot, la pensionada de la gobernación de Bolívar que, como la Rebeca de Cien Años, comía tierra cuando niña; Aida, la monja que, por serlo, era el mayor orgullo de la madre; Ligia, la mormona, pianista, eterna enamorada que también habla con los muertos; Gustavo, el topógrafo, cuentista, pintor, cantante de tangos, seductor que, según allegados, inspiró la estirpe de los José Arcadios quienes, a diferencia de los Aurelianos, son capaces de amar y tienen el amor, y no el poder, como destino; Jaime, el compinche, el profesional de la familia, ingeniero con vocación de cuentero; Rita, la representante de la madre en la tierra, la que concerta, la que lima las perezas; Nanchi, el bombero y contador de chistes; Cuqui, el buen mozo, el rumbero mayor, el que murió primero, y Eligio Gabriel, el menor, el periodista, ‘Yiyo’, mi compadre, quien sentía devoción por su hermano mayor; Yiyo, a quien la vida le alcanzó apenas para ponerle el punto final al último de sus libros, I, un magnífico reportaje de 630 páginas que descifra los orígenes de Cien Años de Soledad y que, ante todo, es un poema de amor para ese gran hermano que casi siempre estuvo ausente de la casa, bien porque vivía con los abuelos en Aracataca o estudiaba en Barranquilla, en Zipaquirá o en la Universidad Nacional de Bogotá, razón por la cual a Yiyo también lo llamaron Gabriel, pues el padre quería tener un Gabriel en la casa y no en la calle.

 

Gabriel, Gabo para los amigos, discípulo de derecho del expresidente Alfonso López, que provocó la ira de su padre porque desertó de la carrera de abogado para dedicarse a la literatura pues, como me dijo una vez con ese sentido del humor que lo acompañaba, no le gustaba pensar en si la electricidad era un bien mueble o inmueble; Gabo, ese obsesivo lector de poesía y de novela, discípulo de Sófocles, de Faulkner y de Virginia Woolf, vendedor de enciclopedias, miembro del ‘Grupo de Barranquilla’ compuesto por brillantes parranderos enamorados de la literatura; Gabo, ese reportero de El Heraldo que vivía en la Arenosa en el cuarto de un prostíbulo de paredes frágiles a través de las cuales comprobaba que los altos funcionarios del gobierno, cuyas voces conocía, no iban allá para hacer el amor sino para que las putas los oyeran hablar de ellos mismos; Gabo, ese conocedor de los vericuetos de la siquis, creador de personajes hechos de retazos de su gente, personajes que le son familiares a la humanidad entera; Gabo, ese escritor magistral que decía que era muy bruto para escribir y que soportó sin desfallecer que una editorial le devolviera el manuscrito de La Hojarasca con una nota en la que le aconsejaba dedicarse a otro oficio; Gabo, ese mamador de gallo que confesó que “la literatura es el mejor juguete que hay para burlarse de la gente”; ese corresponsal de El Espectador en Europa quien, a raíz del cierre del periódico por el general Rojas, supo que el hambre, en la Ciudad Luz, tiene un sabor más amargo; Gabo, el amor en París de Tacha, una joven actriz española que robaba comida en los restaurantes donde trabajaba y se la llevaba para que él escribiera El coronel no tiene quien le escriba; Tacha, la coronela de El Coronel, hoy una de las grandes amigas de Mercedes, esa enigmática y atractiva nieta de un inmigrante egipcio a la que le propuso matrimonio cuando era una niña; Mercedes, la madre de sus dos hijos, Rodrigo, director de cine, y Gonzalo, diseñador gráfico, hijos que, como él dice, le han quedado mejor hechos que sus libros; Mercedes, esa cómplice que entendió en la mitad del viaje que a comienzos del 65 hacían a Acapulco, que debían regresarse porque, como escribió Eligio, entonces “surgió íntegramente en su mente la novela que venía imaginando pacientemente desde su adolescencia”; Mercedes, esa dama de hierro que tuvo la sabiduría para aceptar que él vendiera el Opel y le entregara la plata que les alcanzaría para vivir seis meses y, en silencio, manejó las deudas y solucionó la supervivencia de la familia durante el año largo que le tomó escribir Cien Años de Soledad; Mercedes, esa esposa solidaria que empeñó la licuadora para enviarle a Editorial Suramericana el manuscrito de la obra que, sin embargo, y sin haberla leído, la hacía preguntarse: y “¿qué tal si el libro resulta malo?”; Mercedes, “una de esas mujeres guapas por dentro y por fuera a la vez”, como escribió Juan Luis Cebrián, fundador del diario El País de España; ella, sin cuyo poder detrás del trono la vida del Maestro no sería la misma, como tampoco lo sería si no hubiera transitado el camino de la gloria literaria de la mano de Carmen Balcells, la mamá grande de las letras del continente, que ha tenido la visión para añadirles ceros a sus merecidos derechos de autor.

 

Gabito, ese niño temeroso que le confesó a su amigo Plinio Mendoza que siempre hay en su vida una mujer que “lo lleva de la mano en las tinieblas”; Gabo, ese viajero incansable que le tenía terror al avión y que, como sus hermanos, cuando volaba, albergaba la esperanza de que a la aeronave la sostuviera en el aire la vela que, con ese fin, su madre mantenía encendida; Gabo, ese optimista irremediable, supersticioso, que detestaba el oro porque le recordaba la mierda, ese ser bueno que no sabía odiar; ese gran conversador, bohemio, guitarrista, cantante de vallenatos, sones y boleros, chofer que en el carro, a toda y a todo volumen, acompañaba las canciones de Vicky Carr, Agustín Lara o Juancito Trucupey; Gabo, ese conocedor de la música, amante de Bartok y bailarín de los buenos, declamador de Borges, que si no hubiera sido escritor habría sido pintor; Gabo, que en el 95 dibujó en una servilleta un autorretrato que me regaló con el fin de que un día me sirviera para salir de la quiebra a la que me estaba llevando la revista Cambio, revista que él acabó comprándome para sacarme del problema y para darse el gusto de tener su propio medio, a pesar de que cuando era mía trabajaba en ella como editor autonombrado y, desde México o desde cualquier lugar del mundo, nos hablaba durante horas por teléfono, nos leía fragmentos de la Trilogía de Amor que escribía entonces y que no había publicado, nos ayudaba a planear reportajes y portadas y, con el apoyo de su hermano Yiyo, mi consejero editorial, les editaba los textos a los muchachos, se los volteaba al derecho, les enseñaba el arte del periodismo, el mejor oficio del mundo según él, y me obligaba a mandárselos a los cursos que los grandes maestros dictaban en su Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, esa que se inventó para formar buenos periodistas que como requisito debían tener menos de 30 años, así como para formar buenos cineastas en Cuba creó la Fundación para un Nuevo Cine Latinoamericano.

 

Gabo, ese conspirador que un día buscó protección en la Embajada de México para que no lo capturara el gobierno de Turbay; Gabo, fundador, con Enrique Santos Calderón, de la revista de la izquierda, Alternativa, para la cual me puso a entrevistar presos políticos en las cárceles cubanas; Alternativa, que al comienzo rechazaba avisos, que al final ostentaba como director de mercadeo nada menos que al columnista Antonio Caballero y que no podía sino quebrarse como fui a decírselo en 1979 a Barcelona, donde de paseo por las Ramblas me dedicó El Otoño del Patriarca “con la cabeza cagada de palomas en la Plaza de Cataluña”; El Otoño... ese “poema sobre la soledad del poder”, como él decía, esa obra maestra (para mí el mejor de sus libros) que retrata de cuerpo entero a esos pobres poderosos a quienes nunca les cuentan lo que piensan de ellos sino que todos les dicen lo que quieren oír “mientras les hacen reverencias por delante y pistola por detrás”; ese retrato del poder de cuya soledad no se salva nadie, soledad parecida a la que le trajo su fama descomunal, esa que hacía que los Clinton, los Castro, los Torrijos, todos, lo buscaran sin cesar, esa que hizo que le ofrecieran embajadas, ministerios y candidaturas presidenciales que rechazó siempre porque el poder no le gustaba para ejercerlo él, pero esa que también hace que en las principales bibliotecas del mundo sus libros figuren en la sección de clásicos, junto a Shakespeare, junto a Cervantes.

 

Gabo, ese Premio Nobel cuya elección fue recibida con aplausos por todo el mundo, como lo afirmó el escritor Gay Talese; Gabo, ese colombiano cuyo nombre hace brillar nuestro pisoteado orgullo nacional y cuyo ejemplo de persistencia y disciplina nos señala el camino.

 

Gabito, ese confidente de lavar y planchar cuya amistad me hizo tan feliz y quien, con sus años tan bien vividos y contados, merece todos los homenajes porque, además de todo, a un ser humano como él es imposible que todos sus amigos no lo queramos siempre más.

Semana

Gabo y el poder

 

Por Patricia Lara*

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Siento una gran fascinación por el poder, y no es una fascinación secreta”, le confesaba Gabriel García Márquez a su compadre Plinio Apuleyo Mendoza en la entrevista publicada en ‘El olor de la guayaba’.

 

Y, precisamente, esa fascinación fue la que le permitió descifrar el misterio del poder, retratarlo, desmenuzarlo, engrandecerlo y ridiculizarlo hasta el máximo.

 

García Márquez dijo que “un escritor no escribe sino un solo libro, aunque ese libro aparezca en muchos títulos diversos”. Y agregaba que su libro había sido el de la soledad. Su segundo libro –diría yo– ha sido el del poder. O, quizás, el libro de la soledad y el del poder sean uno solo, porque la característica predominante del poder, y la más desgarradora, es esa soledad que lo envuelve siempre.

 

El encanto de Gabo por el poder no viene simplemente desde el momento en que él se convirtió en hombre poderoso. Siempre le gustó acercarse a las personas que detentan poder, seguro no solo para conocer los misterios que lo circundan y para influir sobre él sino, seguramente, para percibir el orgullo de comprobar que su intuición literaria se verificaba en la realidad, cuando se enteraba, por ejemplo, de que Himelda Marcos, entre sus innumerables prendas de mujer ponderosa, contaba con un sostén antibalas y recordaba que el patriarca rezaba para que las balas rebotaran en el corpiño de Leticia Nazareno. O cuando le contaban que Winston Churchill dictaba sus cartas paseándose sin ropa de un lado a otro y pensaba en su Bolívar deambulando desnudo hasta el amanecer para entretener el insomnio. O cuando sabía que un presidente amigo suyo se enfurecía si alguien le ganaba una partida de tenis y evocaba al patriarca, en cuyo reino se prohibió ganarle una partida de dominó. O cuando veía que algún alcalde de pueblo, el día de su posesión, al recibir honores militares de parte de los únicos tres o cuatro policías del lugar, experimentaba “en su plenitud la emoción del poder”, como le ocurría el alcalde y teniente de La mala hora; o cuando miraba que, lo mismo que al patriarca, para que no lo envenenaran, a Fidel Castro le probaban antes sus comidas y bebidas; o cuando observaba que los antiguos guerrilleros –los símbolos del antipoder– al acercarse al poder se comportaban igual que sus viejos enemigos y evocaba aquella sentencia suya sobre el coronel Aureliano Buendía quien, si hubiera triunfado, “se habría parecido enormemente al patriarca”; o cuando leía que el exsandinista Edén Pastora confesaba con crueldad pasmosa cómo había ahorcado a un enemigo y pensaba en el coronel Moncada, gran amigo de Aureliano Buendía, pero jefe del Ejército contrario, a quien este le decía: “Recuerda compadre que no te fusilo yo, te fusila la revolución”, y él contestaba que “de tanto odiar a los militares, de tanto combatirlos… has terminado por ser igual a ellos”; o cuando 48 horas antes de morir estrellado en un avión escuchaba al general Omar Torrijos decirle que su mejor libro era el Otoño del patriarca porque “todos somos así, como tú dices”, Gabriel García Márquez tenía que experimentar algo muy parecido a la felicidad.

 

Pero aparte de la lista infinita de ejemplos concretos que surgiría al seguir comparando el poder de la vida real con el de la realidad literaria de García Márquez, hay básicamente dos características comunes en todos sus personajes poderosos, las cuales tienen que corresponder, necesariamente, a las de quienes se dejan atrapar por el vicio de la felicidad falsa del poder: la pérdida del sentido de la realidad y la incapacidad para el amor.

 

Esos “aduladores impávidos que proclaman (al patriarca) comandante del tiempo y depositario de la luz” y que medran detrás de cualquiera que tenga jirones de poder; esos mismos que le responden al dictador cuando él pregunta qué horas son: “Las que usted ordene, mi general”, y que editan un periódico especial para que solo él lo lea, aquellos que por temor o compasión le mentían a Bolívar quien solo a Manuela “le permitía la verdad”; esos por cuya causa Patricio Aragonés, el alter ego del patriarca (o el propio García Márquez, quizás) le decía a su otro yo: “Para que sepa que nadie le ha dicho nunca lo que piensa de veras sino que todos le dicen lo que saben que usted quiere oír mientras le hacen reverencias por delante y le hacen pistola por detrás”; en fin, esos seres despreciables enquistados en el poder, hacen que los poderosos pierdan el sentido de la realidad, se extravíen –como el coronel Aureliano Buendía– “en la soledad de su inmenso poder” y empiecen “a perder el rumbo”, porque, como decía Gabo, la gran pregunta de quién está en el poder –“¿a quién creerle?”– conduce a esa otra desgarradora pregunta: “¿Quién carajos soy yo?”.

 

La otra característica, la de la incapacidad de los poderosos para el amor, es todavía más triste: viven en una búsqueda permanente de afecto (“mírelos cómo vienen, capitán, mírelos cómo me quieren”, decía el patriarca; o “vámonos volando que aquí no nos quiere nadie”, comentaba Bolívar). Pero ni encuentran el amor, ni logran la felicidad: “Solo a usted se le ocurre creer que esa vaina es amor, porque es el único que conoce”, afirmaba al patriarca Patricio Aragonés quien siempre “quería más porque quería que lo quisieran”. Y “usted es un hombre eminente, general, más que ninguno. Pero el amor le queda grande”, le manifestaba la Bella de Angostura a Bolívar. Y Úrsula Iguarán, la madre del coronel Aureliano Buendía, quien tuvo 17 hijos de 17 mujeres distintas, marcados todos por el signo de la soledad, concluía un día que “aquel hijo por el que habría dado la vida era simplemente un hombre incapacitado para el amor”, porque, como decía García Márquez, “el poder es un sustituto del amor,” o “la incapacidad para el amor es lo que los impulsa a buscar el consuelo del poder”.

 

Por ello esos pobres seres no encuentran la felicidad. Por esa razón afirmaba el patriarca: “De modo que esta era toda la vaina, carajo, de modo que el poder era aquella casa de náufragos”. O por eso decía Bolívar: “Mi primer día de paz será el último de poder”. O por ese motivo el alcalde de La mala hora le confesaba al juez: “Créame que quisiera cambiarme por usted, acostarme a las ocho de la noche y levantarme cuando me diera la gana”. O en fin, por ello, los únicos instantes felices del coronel Aureliano Buendía, “desde la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo, habían transcurrido en el taller de platería, donde se le iba el tiempo armando pescaditos de oro” porque “había tenido que promover 32 guerras, y había tenido que violar todos los pactos con la muerte y revolcarse como un cerdo en el muladar de la gloria, para descubrir con casi 40 años de retraso los privilegios de la simplicidad”.

 

Sin embargo, detrás del poder absoluto –el convencional– el cual, según Gabriel García Márquez, “es la realización más alta y compleja del ser humano, y por eso resume a la vez toda su grandeza y toda su miseria,” está el verdadero poder, el de Úrsula Iguarán, el de Bendición Alvarado, el de Leticia Nazareno, el de Manuela Sáenz, el de Luisa Santiaga Márquez Iguarán, el de Mercedes.

Y por ello ahora, cuando la memoria hace algunos años que empezó a abandonarlo, todo ese enorme poder que fue suyo y del que ya, seguramente, muy poco se acuerda, ha cambiado de manos: hoy está en las de Mercedes… Porque a Gabito lo abandonó el poder… En cambio conserva dentro de sí, intactos (o tal vez engrandecidos), el amor y la ternura.

 

Este artículo se basó en el texto de la misma autora, incluido en el libro ‘Para que mis amigos me quieran más’, recopilado por Juan Gustavo Cobo Borda.

 

*Escritora, periodista y columnista colombiana. Estudió Filosofía y Letras y periodismo en París II y Columbia.  Directora de ‘Cambio 16’ y ganadora el Premio Nacional de Periodismo.

 

Cambio 16
24 Junio 1996
¡Yo Acuso!

El Espectador

08 de enero 2011

 

AÑO NUEVO CON EL PRESIDENTE

 

La periodista Patricia Lara y el presidente Juan Manuel Santos hicieron un recorrido por la vida del mandatario.

 

Por: Patricia Lara Salive

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Su infancia, su paso por la Armada, la vocación de periodista que corre por sus venas, la decisión de ingresar a la política y su llegada al cargo más importante del país.

Cuando termine el gobierno van a llamarme así —dice, sonriente, el presidente Juan Manuel Santos, a tiempo que me muestra el título de la biografía de Roosevelt que lleva en la mano y que, por estos días de Año Nuevo, lo mantiene absorto: Traitor to his class (Traidor de su clase). Es un voluminoso libro del Premio Pulitzer H.W. Brands, que habla de “la vida privilegiada y de la presidencia radical de Franklin Delano Roosevelt”.

El presidente Santos, de pantalón de pana color crema y camisa azul clara de manga larga, acaba de descender de un helicóptero militar en el aeropuerto Rafael Núñez de Cartagena y ahora aborda la aeronave 0001 de la FAC, saluda a la tripulación y a la canciller María Ángela Holguín, se acomoda en uno de los asientos delanteros, se quita los mocasines, sube sobre la mesa de enfrente sus pies calzados con medias de rombos azulitos y rosados, pone el libro en la mesa y, como marcando las distancias, coloca el maletín en el asiento del lado y lee un documento oficial.

—¡Ya tendremos tiempo de hablar! —me dice, tal vez al advertir mi temor de tener que construir este perfil basada en silencios, porque las seis horas de vuelo de ida a Brasilia y las seis de vuelta se esfumaran sin que conversáramos, ya que él, según cuentan, se dedica sobre todo a leer y a dormir en los aviones.

De inmediato, la Canciller le comenta que ha escuchado quejas de que algunos miembros de la Policía maltratan a los turistas al llegar al aeropuerto de Cartagena.

—Llámeme ya al general Naranjo —le ordena a uno de los miembros de su comitiva—. Y también a monseñor Rubén Salazar —agrega—. Es muy inteligente, ¿usted lo conoce?

El avión despega a las 11 y 45. Al Presidente sólo lo acompañan la Canciller y esta reportera. Atrás van los miembros del equipo de prensa, su edecán y el jefe de la Casa Militar, el contraalmirante Henry Blain.

—Mi señora está en Arjona y mis hijos no se le midieron al viaje —afirma Santos mientras, sonriente, parece resignado a recibir su primer año nuevo como jefe de Estado alejado de los suyos, pues ninguno quiso perderse la rumba de este 31 de diciembre para acompañarlo a Brasil y asistir el 1º de enero a la posesión de Dilma Rousseff, esa antigua guerrillera que fue encarcelada y torturada, apodada la Juana de Arco de la guerrilla brasileña, ahora sucesora del gran Lula y primera mujer en llegar a la Presidencia del país más importante de América Latina.

Santos le pregunta a la Canciller detalles de los funerales del ex presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, a los que ella acaba de asistir; hablan de la situación de Costa de Marfil; se dirige al cuarto contiguo del avión presidencial, donde hay una cama sencilla, un escritorio y un baño y, minutos después, regresa y se sienta a mi lado.

—¿Lo ha cambiado el poder, Presidente? —le pregunto a este Leo de 59 años quien, a los cien días de mandato, con un estilo de gobierno conciliador y progresista, muy distinto al de su antecesor, ha batido récord de popularidad al situarse en el 90 por ciento, 9 puntos por encima del nivel máximo obtenido por su ex jefe Álvaro Uribe, considerado nuestro mayor fenómeno político de las últimas décadas.

—Para nada —responde este economista, periodista, diplomático, antiguo cadete de la Armada, quien todo lo tiene y todo lo tuvo —influencia, dinero, poder, clase, academia— y lleva en la sangre dos vocaciones: la del político, por su tío abuelo, el presidente Eduardo Santos, y la del periodista, por su abuelo, Enrique Santos Montejo, Calibán; por su tío, el director de El Tiempo Hernando Santos, y por su padre, Enrique Santos Castillo, editor general del periódico, un maestro de maestros que nos formó a muchos, poseía un olfato sin igual de la noticia, no dejó de ejercer el oficio un instante, jamás delegó la supervisión de la primera página del diario y tenía tanta influencia que tumbaba ministros y regañaba a presidentes.

—El poder es para hacer cosas, uno no puede dejarse afectar por él —comenta el Presidente quien, como buen periodista, vive bien informado, conversa con la gente, mantiene contacto con quienes él sabe que le dicen la verdad, especialmente amigos y militares, contesta personalmente correos electrónicos y mensajes de texto y no permite que los subalternos y los áulicos que medran tras el poder lo aíslen y lo encierren en un círculo en el que no pueda penetrar la realidad.

—Para no aislarse, Roosevelt jugaba póquer —cuenta Santos, antiguo jugador que en las mesas de cartas apostaba duro y ganaba o perdía sin que se le contrajera un músculo de la cara. –Así, Roosevelt conversaba con los compañeros de juego y se ejercitaba en medir el aceite, una de las artes que hay que dominar en política. Y Alfonso López, a quien le gustaba la chismografía —agrega—, para no aislarse llamaba a las amigas, les decía “cómo estabas de bonita anoche” y se quedaba callado. Entonces las señoras le contaban los últimos chismes...

—A propósito, Presidente, ¿usted qué opina de la tesis de Gabo en el sentido de que el poder es un sustituto del amor o, tal vez, de que quien lo busca es incapaz de amar?

—¡No sé Gabo de dónde saca esa vaina! —exclama—. ¡En el poder a veces hay que sacrificar amores! ¡En la lucha por el poder sale lo peor de la condición humana! Uno pone zancadillas… Pero yo trato de no dejar heridas incurables… Ahora, ¡yo nunca he estado obsesionado por el poder, porque siempre lo he tenido! Cuando Mockus me ganaba en las encuestas, no me preocupaba: si perdía, nada me iba a cambiar. Y le juro por mi madre: ¡si mañana me toca renunciar, no me afecta! De modo que no clasifico en la teoría de Gabo —concluye este Presidente, de quien antiguas novias dicen que es “detallista, generoso, tierno, gocetas, mujeriego, muy perseverante, disciplinado, con metas claras en el futuro, pero concentrado en lo que hace en el presente”.

Tal vez por eso, cuando “para chulear el tema” escogió ser Ministro de Hacienda de Andrés Pastrana, quien le había ofrecido la cartera que quisiera, capoteó la difícil crisis económica realizando un duro ajuste, sin pensar en que ello podría reducirle su probabilidad de llegar a la Presidencia.

Esa posibilidad, que apenas era para él un mal pensamiento, se le había convertido en aspiración cuando renunció a la subdirección de El Tiempo y, de paso, a la futura dirección del periódico más influyente del país, por designación hecha de antemano por sus principales accionistas: Hernando y Enrique, para quien Juan Manuel, el tercero de sus hijos, era el preferido.

—Mi papá veía por mis ojos —comenta, sonriente—. ¡Yo era, sin lugar a dudas, su hijo consentido! Se sentía orgulloso cuando me veía marchar. Tal vez también, para darle cierta satisfacción, ingresé a la Marina.

Mientras tanto, Enriquito, el mayor, hacía la revolución, fundaba la revista Alternativa, defendía a la guerrilla, buscaba tumbar gobiernos, en resumen, se oponía a su padre atacando esos valores e instituciones que él defendía con pasión; Luis Fernando, el segundo, que había estudiado periodismo en Kansas, se enfocaba más hacia el área empresarial; y Felipe, el menor, el consentido de la madre —Clemencia Calderón, una mujer austera, de una familia aristocrática pero pobre—, se dedicaba a la publicidad y era empresario de espectáculos.

—Resulta que un día —cuenta el Presidente saboreando el vino que pidió para acompañar la pasta fría con salmón que sirvieron de almuerzo— me dieron fiebres altas y el médico me hizo un diagnóstico equivocado, a partir de exámenes de otro paciente: dijo que me veía un tumor que parecía cáncer de testículo. Estando en ese trauma, me llamó el presidente Gaviria y me dijo: “¡A usted lo que le gusta es la política! Le ofrezco la Cancillería o el Ministerio de Comercio Exterior. ¡Ese se lo recomiendo porque está por crearse!”. Entonces recordé el consejo de mi abuelo, Calibán: “¡No lleguen a mi edad arrepentidos de lo que dejaron de hacer!”. A mí siempre me había interesado el servicio público. Le consulté a Alfonso Palacio Rudas: “Hay una gran diferencia entre influencia y poder. La primera la tiene el director de El Tiempo. El segundo lo ejerce quien firma un decreto que dice “comuníquese y cúmplase”, me dijo. Le conté a Tutina, mi señora. Me regañó: “¡Cómo es de bruto, no acepte ese ministerio, la Cancillería es más importante!”. Llamé a Gaviria, pero ya se la había ofrecido a Noemí Sanín. A mi papá, que estaba en Kansas, lo localicé en la noche. “Haz lo que tú quieras; pero me hubiera gustado más verte de director de El Tiempo”, me dijo. A Hernando Santos se lo había dicho antes. “Me parece muy bien”, me había contestado. ¡Por eso me dolió tanto el editorial del día siguiente! (“El doctor Juan Manuel Santos constituye desde hoy un personaje que abandona el periodismo y se desvincula de El Tiempo para dedicarse a actividades que seguramente se acomodan más a su personalidad (…) El Tiempo reitera su oposición a que cualquiera de sus directivos ocupe cargos oficiales”, escribió). Ese editorial generó distanciamiento entre mi papá y Hernando —concluye.

Así, pues, Juan Manuel Santos, criado entre el poder, más cercano del presidente Alberto Lleras, quien le regalaba billetes de cincuenta centavos, que de Eduardo Santos, al que visitaba acompañado de su pastor alemán pues, según dice, de los once a los quince años no tuvo “amigos sino perros”, pero cuyo talante santista lleva en las venas, más por herencia que por ser seguidor de sus tesis —no obstante que admira su austeridad, su verticalidad y su pulcritud en el manejo de lo público—, cambió para siempre su destino, dejó a un lado su profesión de economista, su carrera de diplomático defensor de los intereses cafeteros de Colombia, su futuro luminoso en el periodismo y se sumergió entre las aguas movedizas y turbias de la política, en las que desde niño anheló adentrarse, razón por la cual fue tan feliz estudiando como becario Fullbright en la Escuela de Gobierno de la Universidad de Harvard.

Al terminar el mandato de Gaviria, Santos se convirtió en columnista de El Tiempo, se opuso al gobierno de Ernesto Samper y creó la Fundación Buen Gobierno, cuyos principios —eficiencia, eficacia, transparencia y rendición de cuentas— espera aplicar durante su período. Más tarde, al terminar el gobierno de Pastrana, como liberal, se abstuvo, por disciplina de partido, de apoyar la candidatura de Álvaro Uribe. Luego formó el Partido de la U, crucial en la reelección de 2006, y asumió el Ministerio de Defensa, el cual desempeñó con eficiencia, no obstante que tuvo serios cuestionamientos: desarrolló la inteligencia, rescató a Íngrid Betancourt y a otros secuestrados, penetró en territorio ecuatoriano y bombardeó el campamento de Raúl Reyes, lo que provocó que un juez de ese país le dictara orden de captura y que el presidente de Ecuador, Rafael Correa, con quien ya se reconcilió, rompiera relaciones con Colombia. Además, le explotó en las manos el horror de los falsos positivos…

—¿Por qué ha repetido que fue usted el que acabó con los falsos positivos, Presidente?

—El tema ya se rumoraba —afirma, mientras nos disponemos a aterrizar—. Formé un comité para investigarlo, pero yo no creía que fuera cierto. Estando en esas, se conocieron los asesinatos de Soacha, mandé a una gente distinta a investigar, me llevaron el resultado, fui a la Fiscalía y se lo llevé al presidente Uribe. Le dije que había que relevar a todos los posibles involucrados de manera ejemplarizante y se instauró la política de que “es mejor un desmovilizado que un capturado, y un capturado que un muerto”. Hoy, los falsos positivos bajaron a cero y hay dos desmovilizados por cada muerto.

—Y cuando ve caer a los soldados y policías y mira el rostro desfigurado de Raúl Reyes y observa los de los otros guerrilleros muertos, ¿qué siente, Presidente?

—¡Me duele darles el pésame! Pero uno no puede dejarse afectar por eso, porque entonces toma decisiones incorrectas…

Aterrizamos. Son las 5 y 30 p.m. en Colombia y las 8 y 30 p.m. en Brasilia. Apenas tenemos tiempo de cambiarnos para ir a la fiesta de la Embajada, vestidos de blanco, como esa noche lo hará Yemayá, la Diosa del Mar, según la tradición brasileña.

En la pista están la embajadora, María Elvira Pombo, y el representante del BID en Brasil, Fernando Carrillo, en cuya casa gentilmente me aloja y a quien le llevo, para calmar su antojo, butifarras, bollos limpios y de yuca, suero atollabuey y cocadas que sobrevivieron a inspecciones de perros y guardianes.

El Presidente se dirige al hotel Golden Tulip.

A las 10 y 30 p.m. llega, de guayabera blanca, a la residencia de la Embajada, se toma un whisky y conversa con Dan Restrepo, asesor de Obama para América Latina, y con el Embajador de Estados Unidos en Brasil. Se les suma, para sorpresa de todos, el Embajador de Venezuela en ese país.

Poco antes de las 12 revienta en el cielo un diluvio de fuegos artificiales, pequeñas estrellitas de colores que descienden en redondo y se desvanecen antes de tocar el gran jardín de la residencia. El Presidente las mira embelesado.

—A mi papá le fascinaba la pólvora, ¡nosotros somos muy polvoreros! —comenta.

—¡Son las 12! —alguien exclama.

—¡Feliz Año! Este año ha sido como bueno, ¿verdad? —me dice sonriente.

Juanita Santos, su prima hermana, huésped de la embajadora, le entrega un pequeño muñeco de año viejo. Santos lo quema y afirma:

—Aquí estoy quemando el agua, la pobreza, el desempleo, la corrupción y la enfermedad.

El Presidente repite whisky. Juanita lo saca a bailar. ¡No lo hace tan mal, no pierde el ritmo, por lo menos! Tímido, sin lugar a dudas, invita a bailar a Diana Serpa, la encantadora esposa de Fernando Carrillo.

Es la 1 a.m. Santos se empeña en esperar el año nuevo colombiano entre un whisky y otro: maneja el licor con mesura, a diferencia de su antecesor, quien no se tomaba un trago por temor a tornarse violento. Dos horas más tarde, a la medianoche en Colombia, llama a su esposa, María Clemencia Rodríguez, la madre de sus tres hijos, a quien él ve similar a su mamá, no sólo en el nombre:

—Mi esposa y mi mamá hicieron muy buenas migas —cuenta—. Se parecen muchísimo: ordenadas, familiares, muy buenas mamás, pendientes de sus hijos, de las tareas, francas, hasta hirientes, viscerales… “¡Usted cómo pudo volver a ser amigo de ese tipo que le hizo tal cosa!”, me dice a veces María Clemencia.

Por fin, a las 3 y 30 a.m., el Presidente se despide.

Lo vuelvo a ver la tarde siguiente, cuando luego de asistir a la posesión de la presidenta de Brasil y de conversar en privado con su “nuevo mejor amigo”, Hugo Chávez, aborda al avión presidencial.

Me saluda. Va a la habitación del avión. Sale sin corbata. Se ha cambiado el vestido de paño azul por el pantalón de pana y las medias de rombos de la víspera. Se acomoda en una de las sillas delanteras y yo, armada de mi libreta de notas, me siento enfrente. De regreso volamos los dos solos.

—¿Cómo le fue con Chávez, Presidente?

—Bien. Nos acaba de entregar a Álex Tulio, un comandante del Eln… Hemos sido francos… El hielo se rompió cuando nos encontramos en Santa Marta: él había dicho que me felicitaba porque ese día (10 de agosto) yo cumplía 40 años. Entonces le comenté: “Comenzó mal, Presidente”. “¿Cómo así?”, exclamó Chávez sorprendido. “¡Usted dijo que yo cumplía 40 años y ahora mi esposa va a exigirme mucho más!”, le contesté. Entonces rio.

—¡Es que esas relaciones a las patadas eran muy complicadas, Presidente! —le comento.

—Las cosas son mejor a las buenas que a las malas —dice.

—En vísperas de su posesión, ¿Uribe le consultó si convocaba a la OEA para presentar la queja contra Venezuela?

—No, yo me enteré estando en México, por televisión, de la ruptura de relaciones.

—¿Usted lee los twitters de Uribe, Presidente?

—No —contesta, tajante.

—¿Y cómo están sus relaciones con él?

—Hablamos de vez en cuando… La última vez fue el 24 de diciembre.

—¿Quién llamó a quién?

—Yo lo llamé… ¿Y sabe?, Uribe siempre fue muy respetuoso conmigo… Y yo estoy dedicado a cuidarle los huevitos —dice sonriente—. En cuanto a la seguridad democrática, hemos dado los mejores golpes. Y con respecto a la confianza inversionista, no hago más que consentir a los empresarios. Y en cohesión social, mire el programa social que tenemos. ¡Son los mismos huevitos, pero con diferentes agendas!

—¿Cómo pudo usted trabajar con Uribe siendo tan distintos, Presidente?

—Yo estaba de acuerdo con la política de seguridad democrática y lo que hice fue aplicarla.

—Y en lo demás, como no pertenecía a su campo, ¿no se metía?

—Así es.

—Digamos, Presidente, que lo que ocurre es que usted, como buen militar, aprendió a obedecerles a sus superiores. Pero cuando llegó a general, ¿el que manda es usted?

—¡Ponga eso! ¡Está muy bien puesto!

—¿Y qué diría su papá sobre lo que usted está haciendo? ¿No cree que el Viejo estaría mucho más de acuerdo con Fernando Londoño que con usted?

Santos sonríe y responde:

—Sobre la ley de víctimas mi papá diría: “¡Y eso pa qué!”. Y con la repartición de tierras no estaría en desacuerdo: él consideró importante la reforma agraria de Carlos Lleras… Ahora, ¡yo tampoco voy a hacer la revolución socialista! No les voy a quitar la tierra a los que la obtuvieron de manera honesta, sino deshonesta. Se trata de que la gente vuelva a su terruño constituyendo empresas asociativas…

—Esa es una política mucho más de izquierda de la que se pensaba que usted desarrollaría —le digo.

—Como yo fui un ministro de Defensa muy duro con la guerrilla, me encajonaron dentro de una definición. ¡Pero luchar contra la guerrilla no se opone a tener una agenda de izquierda!

Después de la cena, el Presidente me invita a ver una película de acción. Le digo que prefiero leer y le pido que me deje solicitarle al fotógrafo de la Casa de Nariño que nos tome una foto para ilustrar este reportaje.

—Más tarde —responde, mientras se coloca los audífonos.

Me quedo profunda...

—¡Ya casi vamos a aterrizar! —me despierta el Presidente.

Lo acompaña el fotógrafo… Nos acomodamos para que nos tomen la fotografía.

—¿Durmió? —le pregunto.

—Leí… ¿Sabe que, coincidencialmente, durante el gobierno de Roosevelt, también hubo una gran inundación en Mississippi? Este libro cuenta cómo él vio en ella una oportunidad para reconstruir el país… Creó el Tennessee Valley Authority y con eso hizo maravillas…

—¿Usted a quién admira, Presidente?

—A Churchil. Admiro mucho su capacidad de ir contra la corriente cuando tenía el convencimiento íntimo de que lo que hacía estaba bien.

Aterrizamos en Cartagena. Son las 9 y 30 p.m. del 1 de enero.

—¿Usted va a quedarse en el poder cuatro u ocho años?

—Aspiro hacer todo lo que quiero hacer en cuatro años —responde.

—¿Y qué quiere hacer, Presidente? ¿Cómo es la Colombia que usted sueña?

—Es mucho más equitativa, sin tantas diferencias sociales, más próspera… Es una Colombia a la que deseo dejarle un legado institucional, una democracia sólida que dependa más de instituciones que de personas… Y quiero entregar un país en paz…

 

Los cuatro sombreros del Presidente

 

Juan Manuel Santos ha sido militar, como cadete de la Armada; diplomático, como representante de la Federación de Cafeteros ante la Organización Internacional del Café con sede en Londres; periodista, como subdirector y columnista de El Tiempo, y jugador de póquer.

Dice que en la milicia aprendió la disciplina y el amor a la institución; el periodismo le abrió ventanas y lo volvió tolerante (él no parece afectarse con los insultos o la crítica); la diplomacia le enseñó a negociar y a ponerse en el pellejo de la contraparte; y que con el póquer aprendió a tomar riesgos y a medirles el aceite a los demás.

Son cuatro sombreros bastante útiles en el ejercicio del gobierno y de la política.

 

Una nueva Colombia ante el mundo en palabras de Santos

 

“Queremos pasar de ser la niña fea a la niña bonita; voltear nuestra imagen negativa; volvernos un ejemplo; convertirnos en el puente entre Mesoamérica y Unasur (estamos haciendo gestiones para arreglar el problema de Honduras y lograr que vuelva a ser reconocida por la OEA); en el Consejo de Seguridad vamos a presidir los comités de Irán y de Somalia; yo fui el primer Jefe de Estado invitado a la Asamblea del Tratado de Roma: les conté en qué consistían las leyes de víctimas y de tierras y la reintegración a la vida civil de guerrilla y paramilitares; Hillary Clinton me reiteró que para E.U. es importante que hayamos reestablecido las relaciones con nuestros vecinos; el Presidente Obama va a Colombia en febrero… Eso es lo que yo quiero: que Colombia sea un ejemplo para el mundo.”

 

De la mano con la izquierda

 

El 1° de enero la ex guerrillera Dilma Rousseff asumió la Presidencia de Brasil, convirtiéndose así en la primera mujer en manejar las riendas de la principal potencia económica de la región.

Impulsada por el carismático ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, Rousseff tiene el reto de continuar con las políticas de su mentor y así consolidar a Brasil como una potencia mundial.

A su posesión asistió el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, quien sabe que la armónica relación con el gobierno de este país es fundamental en materia económica, política y social. Además, es un puente importante entre el Gobierno Nacional y otras democracias de izquierda.

El Tiempo

7 de abril de 2002

ALVARO URIBE: YO ME HAGO MOLER!

 

- Llame a su papá que voy a echar un discurso le dijo el niño Alvaro Uribe Vélez, de 7 años, a Fernando Urrea, hijo de don Joaquín, dueño de Leonisa. Cuando apareció, Uribe se trepó en una mesa y pronunció un discurso. Entonces don Joaquín le dijo:

 

Por: Patricia Lara Salive Periodista independiente

 

- Llame a su papá que voy a echar un discurso le dijo el niño Alvaro Uribe Vélez, de 7 años, a Fernando Urrea, hijo de don Joaquín, dueño de Leonisa. Cuando apareció, Uribe se trepó en una mesa y pronunció un discurso. Entonces don Joaquín le dijo:.

- Usted como que va a ser Presidente!.

Desde niño soñaba con serlo. Llevaba la política en la sangre. Descendiente de Rafael Uribe Uribe, en 1957, a los 5 años, acompañaba a su madre, Laura Vélez, a hacer campaña a favor del referendo para que las mujeres votaran y fueran elegidas. Después ella fue concejal de Salgar, en Antioquia, donde se crió Uribe porque su padre, Alberto, a quien califica de haber sido excesivamente duro con los hijos varones , tenía una finca de café y ganado. Allá obligaba a sus hijos a trabajar durante las vacaciones, de sol a sol.

Hiperactivo, constante, buen estudiante, con alma de empresario, Uribe combinó estudios de derecho en la Universidad de Antioquia, con la creación del restaurante El Gran Banano , que le dio dinero y tuvo sucursales en Medellín, Cartagena y Santa Marta. A pesar de que se dedicó a la vida pública, nunca abandonó dos de sus profesiones de reserva: adiestrador de caballos criollos y buen administrador de fincas. Por eso, una de las primeras cosas que hace a diario, después de trotar una hora y de relajarse con yoga, es llamar al administrador de su hacienda de Córdoba para preguntarle cuánta leche ordeñó, cuántos terneros negoció, de qué peso y a cómo.

Empezó su vida pública a los 24 años. Fue Jefe de Bienes de las Empresas Públicas de Medellín, Secretario General del Ministerio de Trabajo, Director de la Areonáutica Civil, concejal de Medellín, Alcalde de esa ciudad y senador. Después se especializó en administración en la Universidad de Harvard y, a su regreso, fue elegido gobernador de Antioquia. Apenas concluyó el mandato salió en carrera para Inglaterra porque la guerrilla, que ya le había asesinado al padre en un intento de secuestro y le había incendiado la finca, había advertido que no lo dejaría salir vivo del cargo. Allá, en la Universidad de Oxford, dictó cátedra sobre América Latina.

Liberal, seguidor de Hernando Agudelo Villa, fundó con el ex presidente Ernesto Samper el movimiento Poder Popular. Sin embargo, no lo salpicó el Proceso 8000. Experto en dos artes que parecen opuestas -manzanillismo y retención de estadísticas-, Uribe, que es mal bailarían y carece de sentido del humor, ama la poesía y el vallenato. Como buen paisa, se precia de ser madrugador, honrado, trabajador, cumplidor de su palabra y más querendón que expresivo. Dice que si es Presidente, impregnará su mandato con esos valores antioqueños. Pero como tantos paisas, comenzando por su padre, es brioso y, a la brava, se vuelve difícil. Tanto que, por ejemplo, es famoso el encontrón que tuvo con Fabio Valencia Cossio el día que lo eligieron gobernador cuando, al verlo en la silla del Registrador en medio de un conteo de votos reñido, creyó que estaba influyendo en su contra y lo golpeó con los puños.

Casado desde hace 23 años con Lina Moreno, filósofa y con mundo propio, a quien, de ser Primera Dama, le costará dejar su pinta de jeans; y padre de Tomás y de Jerónimo, estudiantes de química y física, Alvaro Uribe, a los 49 años, a juzgar por las encuestas, está a punto de convertirse en el primer disidente liberal que llega a la Presidencia, luego de saltarse la fila india para cumplir con el pronóstico de don Joaquín Urrea y, así, realizar su sueño.

El país teme que usted sea un presidente autoritario.

La diferencia entre autoridad y autoritarismo es que la autoridad respeta la ley y la razón.

Sus colaboradores dicen que usted se ofusca muy feo .

Soy muy exigente, muy acosón y me exijo a mí mismo.

Al no contestar preguntas agresivas, da la impresión de que teme salirse de casillas. Se tiene miedo a sí mismo?.

Siempre he hecho esfuerzos para controlarme. Uno es humano y las reacciones no pueden dejarse desbocar como caballo sin rienda. He procurado tener rienda.

Y si se suelta la rienda?.

Grave. Se desboca el caballo, y un caballo desbocado no se sabe dónde va a caer, se tira por un precipicio o le hace daño a alguien.

Es cierto que lo que más le pide a Dios es paciencia?.

Le pido paciencia y que me ayude a no hacerle mal al prójimo.

Dicen que es terco.

Es difícil establecer la división entre firmeza y terquedad. Discutir conmigo no es fácil. Pero cedo ante las razones de la inteligencia.

Comentan que es muy insistente. Por ejemplo, le decía a su secretaria: No haga nada distinto de llamar al Ministro hasta que pase al teléfono .

Es cierto.

A quién le oye?.

A quienes me traigan soluciones inteligentes.

Dicen que es solitario.

Soy apegado a la familia y al trabajo en equipo.

Por qué Lina, su esposa, no aparece con usted?.

Lina es muy particular, ajena a los oropeles del poder. Le gusta vivir con bajo perfil. He tenido que pelear con ella. Con esos riesgos que corría siendo gobernador, iba sola al supermercado. Es pieza fundamental para mí. Ha sido muy discreta públicamente, pero muy participativa en la vida familiar. Eso produce apegos.

Qué lo hace llorar?.

Tantas cosas... Lloré cuando mataron a mi padre; cuando Jerónimo, mi hijo menor, nació de seis meses y casi no vive; cuando murió mi hermano Jaime.

Qué lo conmueve?.

Todo. Estoy conmovido porque un crítico mío, Fernando Garavito, salió del país amenazado. Estoy harto y dolido con eso! (Se le aguan los ojos). Hace poco lo conocí y le ofrecí enviarle al Gobierno una carta pública pidiéndo que lo protegiera.

Usted no tiene que ver con las amenazas a Garavito. Pero sus seguidores son más papistas que el Papa! Si gana, los paramilitares se sentirán triunfadores y se pueden desatar. Cómo va a controlarlos?.

Yo me hago moler! Mi gobierno no dejará desbocar espíritus dañinos. Voy a disuadir a los violentos. Tengo una propuesta de seguridad democrática para proteger a todo el mundo: al líder sindical, al periodista, al maestro, al de izquierda, al de derecha. El país necesita recuperar la autoridad, no cambiar de bando. Mi política de seguridad será tan firme para disuadir a los violentos como comprometida para restablecer los derechos humanos.

En muchos pueblos, los paramilitares se pasean como Pedro por su casa. Las Fuerzas Armadas están ahí y no hacen nada.

No puede haber cohabitación. Cuando haya pruebas, hay que sancionar a la Policía o al Ejército. Pero también la gente dice: la guerrilla secuestró a tal persona, cerca había un puesto del Ejército y nada hicieron. El país ha sido muy débil para contener a los violentos. Falta fuerza pública. El crecimiento del Ejército, la dirección presidencial del orden público, la cooperación internacional y la ciudadana, van a obligar al Ejército a ser eficaz y totalmente transparente.

Los militares dicen que el síndrome de la Procuraduría les impide actuar.

Hay que hacer pedagogía, demostrar que toda actuación transparente está permitida por la ley. Eso tiene que resolverlo el Presidente. Por ello voy a ser el primer soldado, voy a dirigir el orden público y les voy a decir: Señores, el ordenamiento jurídico les da todas las posibilidades para que ustedes actúen, pero tiene que ser con transparencia .

Se puede ganar la guerra y al tiempo, respetar los derechos humanos?.

El Estado de Derecho no hace la guerra. Disuade a los violentos. Se puede disuadir a los violentos y respetar los derechos humanos. Es el único camino. Por eso no soy amigo de la pacificación paramilitar. Una pacificación que derrumbe los derechos humanos profundiza las heridas, aleja la reconciliación y crea problemas con la comunidad internacional.

Por qué fue oferente del homenaje al General Rito Alejo del Río, acusado de promover grupos paramilitares?.

Tuve ocho comandantes de Brigada en Antioquia. Uno fue él. Creía en su honradez, no hice nada al escondido y todo lo dije en un discurso. Estaba convencido de que lo echaron por presión de las Farc.

Sigue convencido de su honradez?.

Si la justicia dice que es promotor de paramilitares o que es bandido, cambio de opinión porque respeto la justicia.

El país se le salió de las manos al Estado. Cómo va a controlarlo?.

Ocurrió por un falso civilismo que negó la autoridad. Entonces se crearon vacíos que permitieron el agigantamiento de poderes irregulares. Eso no lo frena sino la autoridad del Estado. Y no se consigue de la noche a la mañana, pues llevamos décadas haciendo creer que la civilidad es la negación de la autoridad.

Es muy complicada su propuesta de organizar un millón de informantes: si están desarmados los matan y si están armados multiplican la violencia. Mockus bajó los homicidios cuando desarmó a la población!.

No les haga esa pregunta a Noemí, a Lucho o a Serpa! (Risas) Mi única equivocación con las Convivir fue que propuse que les dieran armas largas. Me equivoqué y lo rectifico.

Pero las que no se disolvieron se transformaron en paramilitares.

En Antioquia no. Las controlamos. Nunca fueron clandestinas. Procuramos que estuvieran bien dirigidas y que fueran verdaderas empresas de seguridad para el campo. Hubo problemas en dos de ellas. Las sancionamos y a una le cancelamos la personería.

El millón de informantes tendría armas?.

Las de los celadores, cortas. Lo ideal es que los vecinos se comprometan con la fuerza pública, en lugar de que se hagan los sordos y ciegos ante guerrilla y paramilitares.

La red de informantes sería parecida a los Comités de Defensa de la Revolución Cubana?.

Mi propuesta difiere de los Comités y de la doctrina de la seguridad nacional en que no se perseguirá a los disidentes, sino se protegerá a todos, sin distinción de credo. Si la ciudadanía ayuda, la fuerza pública responde. Si eso ocurre, no tienen por qué matar a esos vigilantes.

Juan Gómez Martínez dijo que usted ensangrentó a Antioquia.

Antioquia estaba en una espiral tremenda de violencia. Cuando dejé la gobernación, las carreteras eran transitables, el secuestro se había reducido 60 por ciento y, en el último año, los homicidios, que venían en ascenso, cayeron 20 por ciento. Cuando me fui, dijeron: Se fue el gobernador paramilitar, ahora sí llegó el diálogo . Dieron un bandazo. Le entregaron eso a los bandidos. Si hubieran continuado mi política, corrigiendo los errores, Antioquia estaría sin guerrilla y sin paramilitares. Busqué el diálogo. Con Monseñor Isaías Duarte creamos la Comisión Facilitadora de Paz de Antioquia.

Hablaría con la guerrilla y los paramilitares?.

En estas circunstancias, no.

En cuáles?.

Qué bueno que le dieran a Colombia un respiro, que anunciaran que suspenden el terrorismo y que facilitan un cese de hostilidades. Eso abriría las avenidas del entendimiento.

Conoce a Marulanda , a Gabino o a Castaño?.

No. Mi padre llegó en 1961 a unas tierras entre Antioquia y Córdoba y hace años vi a Mancuso, cuando era un simple finquero en Montería. Pero no hablo con la guerrilla ni con las autodefensas.

Cómo ve el proceso con el Eln?.

Fui muy crítico cuando se anunció que se establecería una zona de despeje. Reconozco que se ha dado un paso positivo al avanzar en el proceso sin ella. Ojalá se llegue a un cese de hostilidades razonable. Si llego a la Presidencia continúo ese proceso.

El Eln impone condiciones para el cese de hostilidades...

Que se reinserten a hacer política para que muñequeemos sobre los temas, pero que no los condicionen con fusiles.

Criticó a la comunidad internacional por su actuación con las Farc. Cuál sería su papel en un proceso de paz?.

Cortadas las comunicaciones, para reanudarlas, se va a necesitar mediación internacional. Se requiere también para que liberen a los secuestrados. Lo que pasa es que las circunstancias de Colombia me han convencido de que se necesita autoridad que disuada a los violentos.

Se produjo un vendaval con su nombramiento de Vicepresidente. EL TIEMPO fue duro. Cree que Pacho Santos está capacitado para reemplazarlo?.

El hábito hace al monje. Pero se necesita un monje especial y Pacho Santos lo es: es inteligente, una esponjita que todo lo absorbe, buena persona, fue víctima del secuestro, no se conformó con su liberación, trabajó contra el secuestro y la desaparición, se tuvo que exiliar, volvió a Colombia a dar la lucha. Ha sido noble, buen hijo, buen hermano, buen padre, estudioso. Me ha dado documentos serios sobre la lucha contra la corrupción y el secuestro. Tiene corazón. Se va a crecer. Se conecta con el pueblo. Si no, no hubiera movilizado a diez millones de colombianos.

Cómo califica a Enrique Santos por haberle dicho descortés por nombrar a Pacho?.

No lo califico. Usted cree que voy a tener algún motivo mezquino en la escogencia de Vicepresidente?.

Calculó que EL TIEMPO se iba a enfurecer tanto?.

No lo pensé, me sorprendió, pero guardo silencio.

Precisemos su idea del referendo.

El 7 de agosto, a las cinco de la tarde, le presentaré al Congreso la ley del temario para eliminar auxilios parlamentarios, autorizar las regiones autónomas, revisar el control fiscal, etc. Aprobada la ley se lleva a cabo el referendo.

Si el pueblo aprueba el temario convocará a nuevas elecciones?.

Hay que acomodar el Congreso, en la práctica, a la nueva estructura constitucional. Buscaremos para las elecciones una fecha concertada, prudente, que no atropelle al Congreso ni defraude a los colombianos.

Pero este Congreso se eligió con 10 millones de votos!.

Sí. Participé en esa elección. Todos los congresistas que apoyé se comprometieron a la reforma.

Qué opina de la afirmación de Mancuso que 35% de los congresistas es apoyado por paramilitares?.

Es gravísimo. Si es así, el Congreso elegido se vuelve insostenible y hay que precipitar la reforma política.

Cómo se garantiza que en la nueva elección no ocurra lo mismo?.

Con un gobierno de autoridad, con más conciencia ciudadana, más transparencia y una ciudadanía más advertida.

La deuda externa es una bola de nieve...

Si aceleramos el crecimiento, el peso de la deuda disminuye. Pero hay que lograr acuerdos, pues Colombia ha sido honrada para pagar la deuda financiera e incumplida para pagar la social. No acepto más recorte social impuesto por el Fondo Monetario. Soy partidario de la austeridad y de decirles a los organismos multilaterales: haremos este ajuste contra el derroche, pero nos ayudan a reciclar la deuda cara con créditos más baratos, de largo plazo, para dedicarlos a financiar pequeña empresa, el Icetex, obras públicas y así reactivar la economía.

Es de extrema derecha?.

No soy de extrema derecha ni de derecha. Soy un demócrata que cree en la autoridad. Participo de los objetivos de la socialdemocracia: crear empleo productivo, profundizar la descentralización y avanzar en la seguridad social. Soy amigo de la intervención del Estado, no para obstruir, sino para garantizar equidad. Por eso, y porque no acepto importaciones desbocadas que arruinen nuestros sectores productivos, rechazo el neoliberalismo. Creo en el Estado comunitario, con creciente participación ciudadana.

No teme ser elegido como resultado de la rabia del país?.

Insistiremos en una pedagogía del ejercicio sereno de la autoridad.

Cuántos atentados le han hecho?.

Noticias malas he tenido muchas. Atentados directos, muchos. Bendito sea Dios que me ha protegido! Pero no le contesto porque me horroriza dramatizar lo que he vivido.

A qué le teme?.

Uno es apegado a la vida...

PRINCIPALES PROPUESTAS DE ALVARO URIBE.

* Meta.

País viable en lo económico y justo en lo social; pacífico, tolerante, moderno, eficiente y democrático.

* Corrupción y politiquería.

No darles a los corruptos casa por cárcel, sino cárcel por cárcel. Adjudicar contratos en audiencia pública para que la controversia genere transparencia. Someterlos a veedurías obligatorias por entidades como las Cámaras de Comercio o las Universidades. Arrebatar al aparato politiquero las regalías para que no continúe el robo de 340 mil millones al año e invertirlas mediante organizaciones transparentes como las de la recuperación del Eje Cafetero. Reducir los congresistas de 263 a 150. Disminuir considerablemente los 600 mil millones de gasto del Congreso e invertirlos en vivienda de interés social. Eliminar auxilios. Cerrar embajadas y consulados innecesarios, ahorrando 40 mil millones. Suprimir contralorías departamentales, municipales, la Comisión de Televisión y el Consejo de la Judicatura. Disminuir drásticamente los carros oficiales. Rebajar gasto de la Presidencia. Fusionar departamentos en regiones autónomas y reducir gobernaciones.

* Equidad.

Revolución educativa, avanzar en seguridad social, impulsar el cooperativismo, darles manejo social al campo y los servicios públicos, apoyar nuevos actores de la economía y mejorar calidad de vida urbana.

* Educación.

Millón y medio de cupos nuevos en educación básica. Fortalecer la educación pública, complementándola con comunitaria. Cambiar el servicio militar obligatorio por docente obligatorio, cuando se alcancen cien mil soldados profesionales. Suministrar en el colegio, a 500 mil niños pobres más, refrigerio y almuerzo. 400 mil nuevos cupos universitarios. Elevar créditos de Icetex de 90 mil a 600 mil millones. Evaluar permanentemente a profesores y planteles más con carácter remedial que sancionatorio. Preparar en oficios productivos anualmente a 150 mil personas. Financiar la revolución educativa con el 50% de las regalías, con un crédito de 200 millones de dólares del Banco Mundial y lo que ahorre la lucha contra corrupción y politiquería.

* Empleo.

Seguridad, estabilidad macroeconómica y reglas de juego claras. Fortalecer el apoyo financiero a pequeña y mediana empresa. Fondo de garantías para ellas. Integrar universidad e incubadora de empresa. Eliminar pago de aporte parafiscal en casos excepcionales de generación de empleo para jóvenes de 18 a 25 años y mayores de 50. Construcción como política de choque para generar empleo. 100 mil viviendas de interés social por año.Bancos de Equiposi de tecnología para el campesino. Frenar importación de productos agropecuarios que destruyan producción nacional. Subsidio al café y para que 50 mil familias erradiquen cultivos ilícitos.

FOTO/Rafael Espinosa.

1- Con Francisco Santos, como su vicepresidente, Uribe mostró quiénes lo van a rodear.

2- Patricia Lara no dejó en el tintero ninguna inquietud respecto de Alvaro Uribe en la entrevista en su sede electoral, en Bogota.

 

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03 de Octubre de 1994
Retazos de vida

Política 17 Mayo 2014 - 9:00 pm

Perfil del candidato de la Alianza Verde

El día que Peñalosa empezó a ser lo que es

Pese a su caída en las encuestas en las últimas semanas, cree que aún puede crecer en un país aburrido de peleas.

Por: Patricia Lara Salive / Especial para El Espectador

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 En su campaña, Enrique Peñalosa dice querer ser una revolución contra la politiquería, al tiempo que ofrece paz e igualdad sin corrupción. / AFP

 

 

“A su papá lo jodieron por no tener votos ni plata”, le dijo el tío Vicente a su sobrino Enrique el día en que renunció al Ministerio de Agricultura su padre, Enrique Peñalosa Camargo, un hombre honesto y de avanzada, quien como ministro de Carlos Lleras y antes, como director del Instituto Colombiano para la Reforma Agraria (Incora), desde 1961, cuando Alberto Lleras lo fundó, les hizo poner los pelos de punta a los ganaderos y latifundistas.

El ministro había denunciado por tráfico de influencias, ante la Comisión de Acusaciones, al senador Nacho Vives, cercano a los intereses de los terratenientes y opuesto, como tantos políticos de la época, a esos tecnócratas progresistas estilo Peñalosa que abundaban en el gobierno de Lleras. Entonces, Vives reaccionó haciéndole un calumnioso debate en el Congreso, con falsificación de firmas y todo, que aquí tuvo más cubrimiento que la llegada del hombre a la Luna el 19 de julio de 1969. El escándalo montado fue de tal magnitud que Peñalosa renunció para no perjudicar al Gobierno.

Desde entonces, Enrique hijo, con apenas 15 años, odió a la clase política, empezó a meditar sobre el sentido de la frase del tío Vicente y decidió que tendría muchos votos, pero que los lograría sin politiquería: es que para su niñez no fue fácil el paso de su padre por el ministerio y por el Incora, a cuya junta pertenecía el cura Camilo Torres, después guerrillero caído en combate. En esa época tenía 11 años y estudiaba en el mismo colegio de su papá, el Gimnasio Campestre de Bogotá, donde soportó patadas y puños de algunos condiscípulos que vivían enfurecidos con él porque “por culpa” de su padre a sus familias les habían expropiado sus fincas.

El matoneo llegó hasta tal punto que su madre, Cecilia Londoño, una linda chaparraluna que había trabajado como profesora en el Gimnasio Moderno y a quien, por lo tanto, no le gustaba el Campestre, lo cambió al colegio Refus, un plantel dirigido por un suizo de izquierda, Roland Jean Gros, un maestro anticlasista y sabio que inculcaba en los alumnos el valor de la vida sencilla, del trabajo manual y de la igualdad, meta que desde entonces se volvió la obsesión del hoy candidato presidencial Enrique Peñalosa.

A raíz del debate de Nacho Vives, Enrique, que el 30 de Septiembre de 1954 había nacido en Washington, donde su papá trabajaba como funcionario del Banco Mundial, y a los dos meses de vida lo habían traído a Colombia, regresó a su lugar de nacimiento con su madre, sus cuatro hermanos y ese papá pulcro, que no obstante que les prohibía a sus hijos movilizarse hasta el paradero del bus en el carro del ministerio, porque ése era sólo para uso oficial, salió del país con su honra herida por los politiqueros, pero mantuvo siempre la frente en alto y representó a Colombia ante el BID.

En Washington ingresó a la escuela pública, terminó el bachillerato y se destacó como futbolista, razón por la cual le dieron una beca en Duke University, donde estudió economía e historia. Estando allí llegó a la mayoría de edad y, apenas cumplió 21 años, renunció a la nacionalidad americana. “¡Usted está loco!”, le dijo el embajador gringo de la época. El diplomático parecía tener razón: un muchacho que había terminado el colegio y la universidad en Estados Unidos, y vivía en ese país, se cerraba puertas si dejaba de ser americano. Pero para entonces Peñalosa ya había decidido que trabajaría en política en Colombia porque allí moraban sus raíces y sus sueños.

Mientras estudiaba —tanto en el colegio como en la universidad—, Enrique Peñalosa Londoño, el mayor de cinco hijos, trabajaba para mantenerse: por eso limpió pisos, lavó platos y vendió zapatos. Y cuando se graduó de Duke, con la melena que le caía sobre los hombros, y le pidió a la oficina de empleo de la universidad que lo ayudara a conseguir puesto, trabajó como obrero de construcción, pues no lo llamaron para que se presentara a entrevistas. Y eso le extrañó. Entonces descubrió que, a pesar de que los profesores lo recomendaron bien, uno de ellos dijo que él era comunista. Y en efecto lo había sido desde los 11 años, cuando en el colegio había principiado a soportar el matoneo por las posiciones progresistas de su padre.

Pero Peñalosa había dejado de serlo antes de terminar la universidad, porque había descubierto la ineficiencia del socialismo y, por ende, su fracaso. Sin embargo, su sueño seguía intacto: él quería, y quiere, construir una sociedad donde haya igualdad, donde los intereses generales prevalezcan sobre los particulares, donde no valga más el rico que el pobre y “donde se desprecien los valores ramplones de los corruptos y se respete al que más enseña, no al que más tiene”.

Ante la imposibilidad de conseguir en Estados Unidos un puesto distinto al de obrero raso, en 1977 Peñalosa voló a Inglaterra con el propósito de recorrer el Viejo Continente de mochila al hombro. Pero al llegar a París se enamoró de la ciudad y afirmó: “Yo de aquí no me voy”. Entonces vivió en una chambre de bonne en la Rue de Poissoniers, compartió baño con los inmigrantes africanos y antillanos que ocupaban los 15 cuartos que había en ese piso, trabajó en un hotel como “todero” nocturno, e hizo maestría y doctorado en administración pública.

Desde París, Peñalosa enviaba artículos para Nueva Frontera, la revista que dirigía Carlos Lleras, el héroe de su padre, quien guardaba como reliquia los “mamarrachos” que el viejo pintaba cuando conversaba con la gente. El codirector de la revista era Luis Carlos Galán, un joven exministro de Educación y exembajador en Italia que martillaba en sus columnas sobre una idea que compartía Peñalosa: la de inventar una nueva manera de hacer política. Y en esas ha estado y en esas sigue.

En 1980, cuando tenía 25 años, regresó a Bogotá y se empleó como gerente de una empresa que cultivaba tomates en invernadero. Además, vestido con camiseta y cachucha, repartía votos en la calle para la campaña de Galán, y dictaba Introducción a la economía en la Universidad Externado de Colombia, donde se enamoró de una alumna de 18 años, opita, Liliana Sánchez, de pelo castaño y largo, coqueta, alegre y llena de vida, a quien lo unía una compatibilidad ética y un gusto por las mismas cosas y quien, muy pronto, desbancó de su corazón a una francesa. En 1981 se casó con ella. Y con ella vive desde hace 33 años. Y con ella tuvo a Renata, hoy de 27 años, y a Martín, de 17.

Entre 1982 y 1985, Peñalosa fue investigador en ANIF, subdirector de Planeación de Cundinamarca, diputado suplente a la Asamblea, subgerente administrativo del Acueducto de Bogotá, decano de Administración del Externado y secretario económico de la presidencia de Virgilio Barco. Y llegó 1986, su gran año: en él nació Renata, lo eligieron concejal de Bogotá, se ganó el premio Simón Bolívar como columnista de El Espectador, se acordó del tío Vicente (“uno no puede ser nombrado sino elegido”), decidió dejar de ser un funcionario de tercer nivel, invitó a su esposa a comer a La Spaguettata para preguntarle si aceptaba que él se lanzara al vacío, con su permiso se salió del puesto, pidió plata prestada para sobrevivir y comprar un Renault 9 de segunda, repartió votos por las calles de Bogotá y en 1990 salió elegido representante a la Cámara con 23.000 sufragios.

“Ahí tuve la sensación de que a mí no me paraba nadie”, comenta Peñalosa, con su estatura de 1,90, su pinta descomplicada de pantalón de pana color caqui y camisa a cuadros morados, su barba blanca y negra perfectamente arreglada y su convicción igualitaria que lo lleva a decirle “hola, hermanita” y a saludar de beso a Nubia Rojas, su empleada de hace más de diez años, a andar en bicicleta y a vivir sin escoltas, salvo en esta campaña que está llegando a niveles de confrontación tan preocupantes que en ella puede pasar cualquier cosa.

El candidato mismo lleva las tazas de café y luego contempla los árboles y los cerros desde los ventanales en esquina de su apartamento impecable en el norte de Bogotá, donde reinan el minimalismo y el buen gusto. Donde nada sobra pero nada falta y sobresalen la sencillez, los libros de arte, los tonos púrpura y gris claro, se destaca la escultura La metamorfosis de Negret, y aparece, en una de las ventanas de ese sexto piso, un afiche solitario con una fotografía suya sobre un fondo verde, acompañado de una leyenda que dice: “Con Peñalosa presidente, podemos”.

Ese día, en el que inscribía su candidatura, recibía llamadas de los medios y respondía preguntas: “No somos antisantistas, ni antiuribistas, ni antipetristas; somos pro Colombia”, contestaba aquí. “El desafío es derrotar la maquinaria”, respondía allá. “No me gusta que a un alcalde elegido lo destituyan y lo inhabiliten por 15 años sin que haya de por medio problemas de corrupción”, afirmaba más allá. “Si ser mal candidato es decir la verdad, pues sí, soy mal candidato”, comentaba acá. Y colgaba. Entonces me decía: “A mí me jarta ser presidente, pero me toca serlo para poder hacer”.

De pronto noto que su respiración está agitada, que le falta el aire, y le comento: “Eso se debe al estrés, Enrique”. Él dice “sí”, hace silencio y luego afirma: “Álvaro Leyva me decía una vez que todo lo que uno hace en la vida es un homenaje a sus mayores”. Entonces recuerda su infancia en esa gran casona de Chapinero, de estilo español, con patio en el medio y helaje colándose por las rendijas, donde vivían su abuelo liberal Vicente Peñalosa, un pequeño impresor casado con una mujer más liberal aún, Abby Camargo, a quien su nieto Enrique considera el amor de su vida.

“Esa casa era mi sitio”, dice, sumergido en la nostalgia. “En ella me la pasaba. Nosotros no teníamos finca, ni éramos socios de clubes. De la mano de mi abuela caminaba por Chapinero y la acompañaba a hacer las compras”. Así, Enrique aprendió a hacer su vida en la ciudad, de donde sólo salió a los 13 años para conocer el mar, y a los 15 para radicarse en Estados Unidos. Y poco a poco se fue enamorando de lo urbano y se volvió experto en los temas de la ciudad, donde —dice— es mucho más fácil sembrar igualdad y construir felicidad. Por eso, en 1991 compitió en la consulta para la Alcaldía de Bogotá por el Partido Liberal con Jaime Castro y con Antonio Galán, y quedó de tercero con 54.000 votos. Y en 1994 peleó con Antanas Mockus y también perdió. Pero en 1997, al enfrentarse a Moreno de Caro, por fin salió elegido.

“A mí sólo me eligen si el otro candidato es muy malo... ¡Por eso esta vez tengo chance!”, dice, y se ríe de su propio apunte. Pero luego mira a lo lejos y comenta: “Dos días después de mi elección, mi papá citó a sus cinco hijos y nos dijo que tenía cáncer de pulmón y se iba a morir. (...) el impacto fue bárbaro. Él era mi mejor amigo: hablábamos tres o cuatro veces al día. Al poco tiempo fuimos a un paseo a Subachoque. Era una tarde de sol (...) me dijo que estaba convencido de que, conmigo, la ciudad y la política en Colombia cambiarían. Semanas después viajamos a Nueva York, ciudad que él adoraba. Y sobrevolamos Manhattan en un día de cielo azul. Recuerdo que papá dijo que ese sería su último viaje”.

“Murió un par de meses después, a los 67 años. Hacía un mes que yo me había posesionado como alcalde. Fue el 4 de febrero de 1998. Él estaba conmigo, en la clínica (…) sufría, se encontraba en las últimas. Desde la cama nos lanzó un beso a cada uno, yo me senté en una silla cerca de él, me dio un sueño impresionante. Cuando me desperté, papá ya estaba muerto”. Y en medio de su duelo, Peñalosa gobernó con furor, desplegó su talento para escoger buenos trabajadores en equipo, los hizo marchar tras su mismo sueño de ciudad, y armó un gabinete estrella con funcionarios capaces y futuras ministras: María Consuelo Araújo, Cecilia María Vélez y Carolina Barco.

“Mi primer objetivo es siempre conseguir un gran equipo, armar el sueño, definir qué es negociable y qué no y, luego, la gente vuela sola”. Peñalosa terminó su alcaldía en 2000 con fama de ser buen gerente y eficiente ejecutor, y de luchar por construir una ciudad más grata, donde la gente viviera más feliz y tuviera mayor igualdad. Por eso, para hacer un gran parque, no dudó en buscar la expropiación de las canchas de golf del Country Club y de enfrentarse así al rancio curubito bogotano. Y construyó colegios, andenes, y ciclovías; sembró árboles y se inventó Transmilenio; defendió el espacio público y trabajó para que en Bogotá la gente viviera feliz, como quería vivir él.

Al dejar la Alcaldía, en lugar de aprovechar su buena imagen y de lanzarse a la Presidencia, se entregó a su hijo de cuatro años y le dio el tiempo que no le había dedicado como alcalde. Y cuando quiso ser presidente en 2006, se tropezó con que Uribe, a quien le ganaba en imagen positiva, había reformado la Constitución para repetir. Y a partir de ese momento cometió un error político tras otro. Pero ahora llegó a ser el candidato del Partido Verde y, hasta hace un mes, punteaba en las encuestas. Sin embargo, estas dos semanas, la campaña se polarizó entre el presidente Santos y el uribista Zuluaga, y los indecisos, aterrados ante la sucia artillería, parecen estar tomando partido por el uno o por el otro, en lugar de elegir otras opciones, como la de Peñalosa, quien, sin asustar a la derecha, dice que sembrará igualdad y que continuará con este proceso que nos tiene al borde de la paz.

Sin embargo, aún puede mejorar su panorama, pues Peñalosa no atemoriza a la derecha ni a la izquierda, y no está inmerso en esa clase política melcochuda de mermelada, ni en esa corrupción, ni en esa politiquería, ni en esa intolerancia, y menos en esa horrible guerra sucia que esparce su lenguaje violento e incendiario y ataca con golpes bajos que angustian a este país, el cual —en sus manos— estaría más tranquilo y sería más feliz, aunque no necesariamente más rico, pues, según él, ser más ricos no nos hace más felices, pero ser más felices si nos permite ser más ricos.

“Yo le pido a Dios que nos ayude a gobernar bien”, agrega, un mes después de nuestra primera entrevista, cuando las encuestas ya no lo ponían en el primer lugar. Y mientras él mismo bate los huevos y le ayudo a preparar el desayuno, porque su esposa duerme y la empleada no ha llegado aún. “Tenemos que crecer, y vamos a crecer (…) es que este país está aburrido de mermelada y de peleas. Y los colombianos lo que quieren es tener un presidente que los quiera”, comenta. “¿Y si pierde, Enrique?”. Entonces él, que es uno de los principales expertos mundiales en asuntos urbanos, dice sonriente: “Yo tengo una doble vida: me dedico a viajar por el mundo dictando conferencias. Y para después de la primera vuelta, ya tengo un montón de invitaciones”.

 

El día que Peñalosa empezó a ser lo que es

Por Patricia Lara Salive

 

  A su papá lo jodieron por no tener votos ni plata_, le dijo el tío Vicente a su sobrino Enrique, el día en que renunció al ministerio de Agricultura su padre, Enrique Peñalosa Camargo, un hombre honesto y de avanzada quien, como Ministro de Carlos Lleras Restrepo y, antes, como director del Instituto Colombiano para la Reforma Agraria, INCORA, desde 1961, cuando Alberto Lleras lo fundó, les hizo poner los pelos de punta a los ganaderos y latifundistas.  

 

El Ministro había denunciado por tráfico de influencias, ante la Comisión de Acusaciones, al fogoso Senador Nacho Vives, cercano a los intereses de los terratenientes y opuesto, como tantos políticos de la época, a esos tecnócratas progresistas estilo Pañalosa que abundaban en el gobierno de Lleras. Entonces Vives reaccionó haciéndole al ministro un injusto y calumnioso debate en el Congreso, con falsificación de firmas y todo, que aquí tuvo más cubrimiento que la llegada del hombre a la luna el 19 de Julio de 1.969. El escándalo montado por Vives fue de tal magnitud, que Peñalosa renunció para no perjudicar al gobierno.

 

Desde entonces, Enrique hijo, con apenas 15 años, odió a la clase política, empezó a meditar sobre el sentido de la frase del tío Vicente, y decidió que tendría muchos votos, pero que los lograría sin politiquería: es que para su niñez no fue fácil el paso de su padre por el ministerio y por el INCORA, a cuya junta pertenecía el cura Camilo Torres, después guerrillero caído en combate: en esa época, Enrique tenía once años y estudiaba en el mismo colegio de su papá, el Gimnasio Campestre de Bogotá, donde soportó las patadas y los puños de algunos condiscípulos que vivían enfurecidos con él porque “por culpa” de su padre a sus familias les habían expropiado sus fincas. El matoneo llegó hasta tal punto que su madre, Cecilia Londoño, una linda chaparraluna que había trabajado como profesora en el Gimnasio Moderno y a quien, por lo tanto, no le gustaba el Campestre, lo cambió al Colegio Refus, un plantel dirigido por un suizo de izquierda, Roland Jean Gros, un maestro anti clasista y sabio que inculcaba en los alumnos el valor de la vida sencilla, del trabajo manual y de la igualdad, meta que desde entonces se volvió la obsesión del candidato presidencial Enrique Peñalosa.

 

A raíz del debate de Nacho Vives, Enrique, que el 30 de Septiembre de 1.954 había nacido en Washington donde su papá trabajaba como funcionario del Banco Mundial y a los dos meses de vida lo habían traído a Colombia, regresó a su lugar de nacimiento con su madre, sus cuatro hermanos y ese papá pulcro que no obstante que les prohibía a sus hijos movilizarse hasta el paradero del bus en el carro del ministerio porque ese era sólo para uso oficial, salió del país con su honra herida por los politiqueros, pero mantuvo siempre la frente en alto y representó a Colombia ante el BID.

En Washington, Peñalosa ingresó a la escuela pública, terminó el bachillerato y se destacó como futbolista, razón por la cual le dieron una beca en Duke University, donde estudió economía e historia. Estando allí, llegó a la mayoría de edad y, apenas cumplió 21 años, renunció a la nacionalidad americana.

 

_¡Usted está loco!_, le dijo el embajador gringo de la época.

 

El diplomático parecía tener razón: un muchacho que había terminado el colegio y la universidad en Estados Unidos, y vivía en ese país, se cerraba puertas si dejaba de ser americano. Pero, para entonces, Peñalosa ya había decidido que trabajaría en política en Colombia porque allí moraban sus raíces y sus sueños.

Mientras estudiaba –tanto en el colegio como en la universidad-, Enrique Peñalosa Londoño, el mayor de cinco hijos, trabajaba para mantenerse: por eso limpió pisos, lavó platos y vendió zapatos. Y cuando se graduó de Duke, con la melena que le caía sobre los hombros, y le pidió a la oficina de empleo de la universidad que lo ayudara a conseguir puesto, trabajó como obrero de construcción pues no lo llamaron para que se presentara a entrevistas. Y eso le extrañó. Entonces descubrió que a pesar de que los profesores lo recomendaron bien, uno de ellos dijo que él era comunista. Y en efecto lo había sido desde los once años, cuando en el colegio había principiado a soportar el matoneo como represalia de sus compañeros por las posiciones progresistas de su padre.

 

Pero Peñalosa había dejado de serlo antes de terminar la universidad, porque había descubierto la ineficiencia del socialismo y, por ende, su fracaso. Sin embargo, su sueño seguía intacto: él quería, y quiere, construir una sociedad donde haya igualdad, donde los intereses generales prevalezcan sobre los particulares, donde no valga más el rico que el pobre, y “donde se desprecien los valores ramplones de los corruptos y se respete al que más enseña, no al que más tiene.”

 

 Ante la imposibilidad de conseguir en Estados Unidos un puesto distinto al de obrero raso, en 1.977, Peñalosa voló a Inglaterra con el propósito de recorrer el viejo continente de mochila al hombro. Pero al llegar a París, se enamoró de esa ciudad, y afirmó: “yo de aquí no me voy”.

 

Entonces vivió en una “chambre de bonne” en la Rue de Poissoniers, compartió baño con los inmigrantes africanos y antillanos que ocupaban los quince cuartos que había en ese piso, trabajó en un hotel como todero nocturno, e hizo maestría y doctorado en administración pública.

 

Desde París, Peñalosa enviaba artículos para Nueva Frontera, la revista que dirigía Carlos Lleras, el héroe de su padre, quien acostumbraba guardar como relequia los mamarrachos que el viejo solía hacer cuando conversaba con la gente. El codirector de la revista era Luis Carlos Galán, un joven ex ministro de educación y ex embajador en Italia que martillaba en sus columnas sobre una idea que compartía Peñalosa: la de inventar una nueva manera de hacer política. Y en esas ha estado y en esas sigue.

 

El Amor y el Regreso

 

En 1.980, cuando tenía 25 años, Peñalosa volvió a Bogotá y se empleó como gerente de una empresa que cultivaba tomates en invernadero. Además, vestido con camiseta y cachucha, repartía votos en la calle para la campaña de Galán, y enseñaba introducción a la economía en la Universidad Externado de Colombia, donde se enamoró de una alumna de 18 años, opita, Liliana Sánchez, de pelo castaño y largo, coqueta, alegre y llena de vida, a quien lo unía una compatibilidad ética y un gusto por las mismas cosas y quien, muy pronto, desbancó de su corazón a una francesa. En 1.981 se casó con ella. Y con ella vive desde hace 34 años. Y con ella tuvo a Renata, hoy de 28 años, y a Martín, de 18. 

 

Entre 1.982 y 1.985 Peñalosa fue investigador en Anif, Subdirector de Planeación de Cundinamarca, diputado suplente a la Asamblea del departamento, subgerente administrativo del Acueducto de Bogotá, decano de administración del Externado y Secretario Económico de la Presidencia de Virgilio Barco.

 

Entonces llegó 1.986, su gran año: en él nació Renata, lo eligieron concejal de Bogotá, se ganó el premio Simón Bolívar como columnista de El Espectador, se acordó del tío Vicente (“uno no puede ser nombrado sino elegido”), decidió dejar de ser un funcionario de tercer nivel, invitó a su esposa a comer a la Spaguettata para preguntarle si aceptaba que él se lanzara al vacío, con su permiso se salió del puesto, pidió plata prestada para sobrevivir y comprar un Renault 9 de segunda, repartió votos y papelitos por las calles de Bogotá y, en 1.990 salió elegido Representante a la Cámara con 23.000 sufragios.

 

_Ahí tuve la sensación de que a mi no me paraba nadie_, comenta Peñalosa, con su estatura de 1,90, su pinta descomplicada de pantalón de pana color caqui y camisa a cuadros morados, su barba blanca y negra perfectamente arreglada y su convicción igualitaria que lo lleva a decirle “hola hermanita” y a saludar de beso a Nubia Rojas, su empleada de hace más de diez años, a andar en bicicleta y a vivir sin escoltas.

 

Mientras él mismo lleva las tazas de café, contemplo los árboles y los cerros desde los ventanales en esquina de su apartamento impecable al norte de Bogotá, donde reinan el minimalismo y el buen gusto, donde nada sobra pero nada falta, y sobresalen la sencillez, los libros de arte, los tonos púrpura y gris claro, y donde se destaca la escultura La Metamorfosis de Negret y aparece, en una de las ventanas de ese sexto piso, un afiche solitario con una fotografía suya que dice: “recuperemos Bogotá”.

 

Homenaje a los Mayores

 

Peñalosa vuelve de la cocina y noto de pronto que su respiración está agitada, que le falta el aire, y le comento:

 

_Eso se debe al stress, Enrique.

 

Él dice sí, hace silencio y luego afirma:

 

_Álvaro Leyva me decía una vez que todo lo que uno hace en la vida es un homenaje a sus mayores.

 

Entonces recuerda su infancia en esa gran casona de Chapinero, de estilo español, con patio en el medio y helaje que se colaba por las rendijas, donde vivían su abuelo liberal Vicente Peñalosa, un pequeño impresor casado con una mujer más liberal aún, Abby Camargo, a quien su nieto Enrique considera el amor de su vida.

 

_Esa casa era mi sitio_, dice, sumergido en la nostalgia. _ En ella me la pasaba. Nosotros no teníamos finca, ni éramos socios de clubes. De la mano de mi abuela caminaba por Chapinero y la acompañaba a hacer las compras...

 

Así, Enrique aprendió a hacer su vida en la ciudad, de donde sólo salió a los trece años para conocer el mar, y a los quince para radicarse en Estados Unidos, hastiado de la politiquería.

 

Y poco a poco se fue enamorando de lo urbano y se volvió experto en los temas de la ciudad, donde –dice- es mucho más fácil sembrar igualdad y construir felicidad. Por eso, en 1.991, compitió en la consulta para la alcaldía de Bogotá por el Partido Liberal con Jaime Castro y con Antonio Galán, y quedó de tercero con 54.000 votos. Y en 1.994 peleó la alcaldía con Antanas Mockus y también perdió. Pero en 1.997, al enfrentarse a Moreno de Caro, por fin salió elegido.

 

_A mi sólo me eligen si el otro candidato es muy malo_, dice, y se ríe de su propio apunte. Pero luego mira a lo lejos y comenta:

 

_ Dos días después de mi elección, mi papá citó a sus cinco hijos y nos dijo que tenía cáncer de pulmón y que se iba a morir... El impacto fue bárbaro... Él era mi mejor amigo: hablábamos tres o cuatro veces al día… Al poco tiempo fuimos a un paseo a Subachoque. Era una tarde de sol... Me dijo que estaba convencido de que, conmigo, la ciudad y la política en Colombia cambiarían. Semanas después viajamos a Nueva York, ciudad que él adoraba… Y sobrevolamos Manhattan en un día de cielo azul… Recuerdo que papá dijo que ese sería su último viaje… Murió un par de meses después, a los 67 años… Hacía un mes que yo me había posesionado como alcalde… Fue el 4 de Febrero de 1.998… Él estaba conmigo, en la clínica… Habíamos discutido con el médico la posibilidad de que le pusieran una inyección que lo durmiera para siempre… Estaba sufriendo… Y se encontraba en las últimas… Entonces los hijos le consultamos su opinión… Nos dijo que decidiéramos nosotros… Dijimos que sí… Desde la cama, nos lanzó un beso a cada uno… Lo inyectaron… Yo me senté en una silla cerca de él… Me dio un sueño impresionante… Cuando me desperté, papá ya estaba muerto…

 

En medio de su profundo duelo, Peñalosa gobernó con furor, desplegó su talento para escoger buenos trabajdores en equipo, los hizo marchar tras su mismo sueño de ciudad, y armó un gabinete estrella con funcionarios capaces y futuras ministras: María Consuelo Araújo, Cecilia María Vélez y Carolina Barco.

 

_Mi primer objetivo es siempre conseguir un gran equipo, armar el sueño, definir qué es negociable y qué no, y luego la gente vuela sola.

 

Peñalosa desarrolló su labor como alcalde impulsado, fundamentalmente, por su concepción de la igualdad: por ese motivo expropió las canchas de polo del Country Club, de manera que en ese espacio lleno de verde hoy hay un gran parque que disfrutan todos los ciudadanos, en vez de un espacio precioso destinado solo a personas de alta alcurnia; hizo quitar los carros de las aceras para despejar el espacio público; contruyó parques y colegios de lujo en barrios pobres; se inventó el Transmilenio, sistema de transporte público que le quita campo al privado y que permite movilizar a mucha gente, pero que fue descuidado por las siguientes administraciones y, por ese motivo, ahora es insuficiente y está saturado; construyó andenes y ciclovías; sembró árboles, en fin, trabajó para que en Bogotá la gente viva feliz.

 

Peñalosa terminó su alcaldía en el 2.000, con fama de ser buen gerente y eficiente ejecutor, y de luchar por construír una ciudad más grata.

 

Y al dejarla, en lugar de aprovechar su buena imagen y de lanzarse a la Presidencia, Peñalosa se entregó a su hijo de cuatro años y le dio el tiempo que no le había dedicado como alcalde. Y cuando quiso ser Presidente en el 2.006, se tropezó con que Uribe, a quien le ganaba en imagen positiva, había reformado la Constitución para repetir presidencia. Y a partir de ese momento, cometió un error político tras otro, hasta que, en el 2.014, llegó a ser el candidato presidencial del Partido Verde y se enfrentó al Presidente Juan Manuel Santos, al uribista Oscar Iván Zuluaga y a la candidata del Polo Democrático, Clara López.

 

Durante varias semanas, a pesar de haber hecho una campaña austera y de carecer de esa maquinaria política que él detesta desde su adolescencia, Peñalosa punteó en las encuestas. Sin embargo, en la recta final, la campaña se polarizó entre Santos y Zuluaga, y este ganó en primera vuelta. Pero el Presidente derrotó a Zuluaga en la segunda, enarbolando la bandera de la paz, en la que Peñalosa siempre lo ha apoyado,

 

No obstante la amargura que deja una derrota, (Peñalosa la esperaba por el descenso que en las últimas semanas había tenido en las encuestas), no le quedó difícil reponerse porque, como bien lo dice, él posee una doble vida: además de político es experto en asuntos urbanos y, por eso, se dedica a asesorar ciudades y a andar por el mundo dictando conferencias.

 

Fue así como, en el último año, antes de lanzarse como candidato independiente para participar, promovido por más de 200.000 firmas, en estas elecciones a la alcaldía de Bogotá, que todo indica que sí va a ganar, Peñalosa dio conferencias y asesorías sobre movilidad, recuperación urbana y transporte sostenible en Australia, Pakistán, Islamabad, Nueva Delhi, Katmandu, México, Sao Paulo, Rio de Janeiro, Karachi, New York, Barcelona, Londres, Santiago de Chile, San Francisco, Kazatstan, Estocolmo y Abudabi.

 

Y, precisamente, porque es un experto en lo que Bogotá más necesita (arreglar su movilidad), y porque tiene muy claro cómo mejorar la seguridad en la ciudad, -el otro tema que tanto preocupa a los bogotanos-, muchos habitantes de la capital están decididos a elegirlo alcalde para transformar a Bogotá y enrutar la ciudad hacia el futuro.

 

“La Bogotá que sueño”

 

 “Sueño con una Bogotá en la que todo cambie”, dice Peñalosa. “Una Bogotá que en lugar de crecer en munipios aledaños, crezca de manera ordenada, sin alturas a la loca. Una Bogotá donde se hagan obras, se construyan y se amplíen las grandes autopistas de entrada y salida de la ciudad como la ALO, la calle 13, la carrera 7a, la autopista norte; donde se prolonguen el Transmilenio y la NQS, se tapen los huecos, se arreglen y organicen los SITP y haya una vía subterranea que comunique el oriente de la calle 63 con el occidente; una ciudad donde opere un metro elevado, que es más rápido y menos costoso; una Bogotá, en resumen, donde exista un transporte masivo ordenado y eficiente”.

 

“Sueño con una ciudad incluyente, sin discursos ni palabras que generen odios, sin conceptos ideologistas de los años cincuenta como ese de que hay que estatizar la recolección de basuras; una ciudad que no expulse a los pobres hacia Soacha; una Bogotá donde no exista un divorcio entre la Policía y el alcalde, donde el espacio público ordenado, como lo demuestran tantos estudios, genere seguridad; donde haya una Secretaría de Seguridad y un gran centro de control centralizado de modo que la Fiscalía y la Policía trabajen juntas; una ciudad que promueva la construcción de cárceles y tome la decisión de no convivir con el crimen pues en ella las leyes se cumplen y los delincuentes van a la cárcel; una ciudad que trabaje en la prevención de la drogadicción y en la rehabilitación de los drogadictos; una ciudad segura, limpia, con 100.000 niños más en jornada completa, con 10 megacentros deportivos y culturales con gimnasio, teatro, música, canchas en pasto sintético; una ciudad con un sistema integrado de salud, de modo que las citas puedan pedirse por teléfono y que disponga de centros de atención prioritaria y rápida; una ciudad de donde la gente no tenga que escaparse refugiándose en centros comerciales; una Bogotá con un gran sendero ecológico que vaya de Chía a Usme y que por lo menos tenga un par de kilómetros que bordeen el río; una Bogotá que permita que en Mosquera se construya una gran ciudad, con 1.5 millones de habitantes, que estén conectados por metro con la capital; una Bogotá que deje un POT que surja del consenso y que trace un rumbo claro para las próximas décadas. Una Bogotá donde el Canal Capital se dedique a la construcción de valores”.

 

“Sueño dejar una Bogotá en la que, al terminar la alcaldía, ya viejo, con 65 años, pueda dedicarme a pasear a mis nietos en coche por las aceras, tranquilo y feliz”.

 

“Esa es la Bogotá con la que sueño. Y la que voy a construir.”