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Hasta siempre, Antonio

  • Foto del escritor: Patricia Lara Salive
    Patricia Lara Salive
  • 17 sept 2021
  • 3 min de lectura

Hasta rara tristeza no se despega de mis huesos... Y, por lo que veo, no se despegará jamás… Al comienzo, cuando a las 3:52 p.m. del pasado viernes me entró ese chat de Isabel, su hijita, que jamás hubiera querido recibir (“Hola, Patricia, mi papá se fue ya”), sentí un escalofrío que no acababa de comprender. La víspera ella me advirtió que el médico le había dicho que los pulmones de Antonio, invadidos por una neumonía no COVID, tenían un daño irreversible, facilitado, seguramente, por los miles de Pielroja que se fumó durante muchos años. De modo que la noticia de la muerte de Antonio Caballero la estaba esperando.

Además, la vida que él llevaba desde hacía unos años ya no era vida: lo agobiaba una neuropatía incurable que hacía que los nervios fueran perdiendo su cobertura y le producía unos dolores cada vez más fuertes e invasivos, a tal punto que ya casi no podía caminar. Recuerdo una vez, hace quizá un par de años, a la salida de un almuerzo en mi apartamento, cuando, al ver que las piernas le flaqueaban un poco al permanecer de pie, llevé un asiento al ascensor para que se sentara en el trayecto del séptimo piso al primero. Pero hace meses el mal había avanzado tanto que llegó a las manos y le dolía pintar, y después le dolía escribir.

—¿Por qué no dictas, Toño? —le pregunté.

—Porque yo pienso con los dedos —dijo.

De modo que para Antonio Caballero la vida se había convertido en una especie de tortura progresiva. Así que lo mejor, para él, era irse a descansar en paz. Sin embargo, Antonio se mantenía vivo y, seguramente, seguía escribiendo sus columnas. Primero, por generosidad con los suyos; segundo, porque amaba escribir, y tercero, principalmente, porque tenía un compromiso inquebrantable con sus principios.

En ese punto es donde radica la explicación de por qué esta rara tristeza que me produce su ausencia y que, al parecer, me va a acompañar siempre… Es que Antonio Caballero, como escribió su amigo Enrique Santos Calderón, “fue hasta el final un hombre fiel a sí mismo y a sus convicciones. Nunca transigió en la defensa de los más débiles ni en la denuncia de corruptelas o abusos de poder. No supo qué era un cargo público, ni cedió a halagos, tentaciones ni zalamerías. Tampoco flaqueó ante las amenazas, que no le faltaron a lo largo de medio siglo”.

Como dijo el lunes durante la homilía que en su memoria ofició Fernán González, padre del CINEP, en la iglesia del Gimnasio Moderno, su colegio, luego de resaltar “la inmensa capacidad de Antonio para desenmascarar las apariencias que ocultaban la realidad”, lo que nos reunía ese día era “la presencia de un amor más allá de la separación física, que nos invita a continuar su esfuerzo, su testimonio y su compromiso por un mundo mejor (o, al menos, como diría Antonio Caballero, por un mundo menos malo)”.

¡Pero es que nos vamos quedando solos en esta tarea, padre Fernán! Ya se fue Alfredo Molano. Y ahora partió Antonio. Por más que nos esforcemos en continuar con su lucha, no hay nadie tan vertical, honesto, brillante, erudito, cáustico, magnífico escritor, buen ser humano ni tan tierno como él. Como me dijo en un chat la escritora Laura Restrepo: “¡Qué pérdida tan berraca, mi Patricia: cuántas generaciones tienen que pasar para que se produzca un Antonio Caballero!”.

Así que hasta siempre, Toño querido…

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