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Prefiero a Petro

  • Foto del escritor: Patricia Lara Salive
    Patricia Lara Salive
  • 15 jun 2018
  • 3 min de lectura

Por fin Colombia, como ocurre en varios países de Europa, va a escoger entre la derecha y la izquierda, y no, como sucedía siempre, entre una derecha extrema y una más desteñida, o entre la derecha y el centro izquierda.

Sin embargo, aquí hay dos diferencias fundamentales: la primera, que acabamos de negociar el fin de una guerra de más de 50 años. Y esa paz, apenas naciente, lograda gracias al presidente, Juan Manuel Santos, tiene que consolidarse y, como si fuera un niño, debe ser cuidada con afecto para que se desarrolle adecuadamente. Sin embargo, hay un candidato, Iván Duque, el de la extrema derecha, el designado por Uribe, el peor enemigo de Santos y, por ende, de todo lo que sea de su autoría, así se trate del bien supremo del país, que no es otro que la paz, que ha hecho planteamientos que la maltratan y pretenden acabar con su eje fundamental —la Justicia Especial para la Paz—. Por eso Duque pone la paz en grave riesgo, ¡así él y sus áulicos, viejos y nuevos, digan lo contrario!

Y la segunda diferencia es que el país se ha ido hundiendo en una corrupción propiciada por la clase política, que nace en las regiones y expande sus tentáculos en casi todo el Estado. Y esa corrupción está representada por los politicastros que acompañan en masa a Duque, un muchacho aparentemente inocente, que tendría que gobernar con ellos, o espantarlos como tábanos insistentes que acabarían picándolo.

De manera que la elección del domingo es crucial.

En mi caso, he hecho una reflexión profunda: como a mis lectores les consta, he vivido empeñada en que Colombia negocie y consolide la paz… Y si bien, desde hace mucho tiempo, hice todo lo que estuvo a mi alcance para que Humberto de la Calle —el negociador de la paz— y Sergio Fajardo —el luchador contra la corrupción— llegaran a un acuerdo con el fin de que solamente uno de los dos fuera el candidato, de modo que hubiera una opción de centro izquierda que tuviera la fuerza para pasar a la segunda vuelta y ganar la Presidencia, ahora, ante la única disyuntiva que tenemos, la de elegir a Duque o al candidato de la izquierda, Gustavo Petro, no puedo abstenerme de votar, ni votar en blanco, ni cruzarme de brazos a contemplar desde lejos, sin hacer nada para evitarlo, que gane el candidato que gobernaría navegando entre la corrupción y que, además, pondría en grave riesgo la paz, entre otras razones porque sería Uribe el presidente en la sombra y él su mandadero puro y simple, que desbarataría todo lo logrado por Santos, al actuar manipulado por la rabia y por el rencor que mueven a su jefe, a quien Duque llama nada menos que “presidente eterno”.

Además, en vez de estar del lado de la caverna, personificada por Ordóñez; de los expresidentes inconsecuentes, representados por Pastrana y Gaviria; de ese generador incansable de odio que se llama Álvaro Uribe, y de los beneficiarios de los chanchullos y de la mermelada, prefiero estar del lado de ese promotor de valores que es Antanas Mockus; de las vicepresidentas de Fajardo y De la Calle, Claudia y Clara López; de los artistas como Carlos Jacanamijoy y Doris Salcedo; de los poetas como Juan Manuel Roca, y de los escritores como Alberto Salcedo Ramos y Laura Restrepo… Sí, porque no quiero más corrupción ni más guerra, y porque además prefiero las buenas compañías, votaré por Petro y por Ángela María Robledo.

Y cordialmente los invito a ustedes a hacer lo mismo.

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